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jueves, 19 de septiembre de 2013

Presentación del libro "Deguaû de-gua'u. El ángel de la muerte" de Jorge Canese


por Damián Cabrera



Qué fecha es hoy. Hablamos de un libro, que se nos presenta, que en la fecha es un otro libro, y la fecha de hoy es un libro anterior, al mismo tiempo. Qué fecha.
            Yo saludo a Jorge Canese, el contemporáneo. Le saludo como un motor de dos tiempos: admisión, compresión, explosión y escape.

Para llegar a este libro de Canese, antes tuvimos que cruzarnos. Él tuvo que irse a Minga Guazú, a dar clases en la Carrera de Medicina de la Universidad Nacional del Este; uno de sus alumnos me habló de él y me regaló un libro suyo. Hace un año, coincidimos en otra ciudad, en otra fecha. Ahora reincidimos, en Asunción.
           
Este año los textos de Canese comenzaron a ocuparme. Hay algo en sus libros que parece que se me quiere mostrar pero nunca logro ver, y eso me inquieta mucho. Me hace incomodar sus poemas, y me hace molestarle al propio Canese; ahora inclusive, mientras trato de decir algo sobre este libro, porque parece que cuanto más me acerco, más me perturba, pero cómo tomar distancia.
Entonces, como no me queda remedio, traduzco los textos de Canese. No puedo conocer eso que no se me dice sino mediante una traducción. Y mi clave es siempre el polvo. Leo a Jorge Canese como leo el polvo de Minga Guazú: una humareda roja y turbulenta. El polvo incomoda, nubla la vista, sofoca, ensucia, tapona, corroe, mancha, seca, oscurece, paraliza. Las contaminaciones, los cruces, las coexistencias que habilita la voz kanesiana me remiten de alguna manera al espacio físico del Alto Paraná, atravesado por voces diferentes y por territorios superpuestos, en su frontera larga.
Y ahora Canese nos habla de gua’u. Esta palabra, cuya raíz es la raíz de tantas voces en guaraní, incluyendo la propia palabra guaraní.
Canese tartamudea, nombra por todos los costados posibles, hace del artificio su juego. De gua’u es acuerdo, es una mentira convenida; una que sostiene la convivencia; el enmascaramiento que oculta los aspectos intolerables del otro ante nosotros mismos, o que, por un instante, carnavalesco, muestra todo lo intolerable y lo que no está permitido, como un juego, uno muy en serio.
En de Gua’u Canese hiende con insistencia. Si quieren, pueden imaginarle con el bisturí, cavando sobre las palabras. Abre tajitos en los pliegues de las palabras, deforma su piel. Ya no se sabe si la parte rosada es el verso o el reverso. Y es que Canese nombra por partida doble: Las palabras se suceden, a veces sinónimas, a veces homófonas, para tratar de darle nombre a algo. Canese apela a una ineficacia del verbo. Una palabra no basta para nombrar una zona, una acción. Entonces lo que se me aparece en los textos no es la celebración de un sinsentido, ni el sentido otro. Cuando Canese nombra, renombra, repite la imagen con palabras distintas, mantiene las raíces y altera las desinencias, lo que hace es cavar con el bisturí, amputar el sentido unívoco, provocar una fisura en la certeza. El sentido unívoco y la polisemia se desmoronan.
De gua’u es subvertir la verdad, no es un mero japu, un mentir típico. Hay alguien que habla y hace oscilar lo que está a la vista. Ijapu pero añetete la he’íva: no está puesto ante la vista algo falso. En Asunción hay una casa conocida por todos, pero cuando se apagan las luces es una casa extraña.
Este libro es un error consciente, está escrito con omisiones, a propósito; no es un libro que engaña, pero juega a engañar. Y cómo nos gusta a algunos.
            Yo no me aguanto, y le pregunto a Jorge Canese qué fecha es. Él me dice que hay una fecha de rupturas personales, de procesos personales, que le empujaron a un lugar más cómodo, aunque eso fuera falso, aunque fuera poco, era lo que se correspondía con el emergente ser kanesiano.

Y ahí tenés, aunque sea de gua’u, tu fecha, tu punto de inflexión, la instancia que detonó lo que leíste después y que te ha estado desorientando.
Este libro es un libro crítico, porque da cuenta de una fecha crítica, un momento de fracturas y escisiones. Y el Canese que conocés apunta a eso, a la fractura, a la des-subjetivación, al desafío de la identidad clausurada del sujeto, empuja, estrecha, aprieta, constriñe, las formas clausurantes de nuestra ficción.

            En De Gua’u hay claves de interpretación. Este libro de los 80, que ahora es otro aunque sea el mismo, inscribe las primeras faltas, los primeros abusos de Canese, lo primero idecidible.
           
Es ingenuo preguntarte qué quiere decir Canese. Todo lo que él dice de pronto se vuelve esquivo. Ahora, después de preguntarte qué es lo que quiere decir el juego, ves que quizás el juego quiera decir-se, y se dice.
           
Sin embargo, lo que queda no es una forma vacía, la palabra no se queda sola, pero se ha capturado el instante en el que la palabra tiembla de frío, está a punto de dejar de vibrar.  Digamos que Canese escribiera como si se tratara de una anécdota, de una crónica. A veces la anécdota se refiere a la propia escritura, la cróncia se dilata, se diluye en el recuento de los titubeos y tartamudeos, las indecisiones del escribidor, la vacilación disléxica. La voz se quiebra, porque la palabra lúbrica penetra un cuerpo donde no caben tantas palabras, ajasuru, y el cuerpo gime.
            El cuerpo se recupera, y Canese también. Salva la distancia que provocó gua’u con su voz de ventrílocuo que suena fuera de los cuerpos y que se mete en los cuerpos ajenos, como un eco, y se evoca, se nombra, se convoca. El kanesismo es la apuesta a un nombre, pero también es la expropiación de un nombre, la destrucción del nombre y la reducción a su cifra mínima: la letra k.
            En esta nueva edición, un texto que había sido pensado en vertical se presenta de forma horizontal. Horizontal es la posición del sueño y horizontal también la muerte. El polvo se mueve horizontalmente, y los paredones de polvo viajan por doquier; a veces se posan, sólo por un tiempo, hasta que el viento vuelva a desalojarlos. De arriba abajo, movés la cabeza para asentir, porque es verdad. Porque es de gua’u, ahora leés negando, no sea que el ángel de la muerte piense que el cuento es cierto. Nuestro rito de prevención de engaños.




31 de agosto de 2013
Libroferia de Asunción, Paraguay

lunes, 11 de junio de 2012

COMO UN VIRUS

*Publicado en la edición Nº 20 de la revista/espacio de expresión cultural El tereré, de Minga Guazú, en febrero de 2012.


En la corteza de la célula se aloja un cuerpo extraño, un organismo que prolifera ahí, y escinde lo que aparecía completo y cerrado: Para que gane el amor querés que el virus abra una hendidura en la célula, y la mate con su cópula. La imagen de un espacio de presencias difuminadas que pulsan por corporizarse –como fantasmas que parpadean en su intento por hacerse carne- es arrojada como una de las representaciones que se hace de la escena fronteriza del Este, que en el curso de su historia, reciente tanto, ha sido atravesada por múltiples territorialidades y grupos sociales de procedencia diversa que la han elegido como hogar o como lugar de paso en su tránsito hacia dónde; y que en la última década ve una explosión en slow motion de subjetividades, ectoplasmas, que desean inscribirse en el espacio, y hacerse cuerpo; alojarse en la célula para sobrevivir, produciendo sentido, significando, para que el hogar elegido sea un hueco a la medida del que lo habita.
            Pero un espacio abierto a múltiples subjetividades, grupos sociales, naciones –una escena con mapas y territorialidades superpuestas- es susceptible de tensiones, porque, en sus intentos por consolidarse en la escena, los anhelos ajenos pueden chocar con los de uno, y cuando no es posible encontrar la coincidencia la tolerancia parece comprometida. Nadie quiere perder porque sacrificar el anhelo propio es convertirse en la célula que morirá bajo el acoso del virus que también quiere sobrevivir; por eso es un momento de amor y de destrucción, de rosa atacada por el gusano, de tejido entregado como alimento al huésped.
            Además, entre todos los programas existen relaciones de fuerza: Porque algunos actores con mayor poder de producción de sentido y de puesta en circulación del mismo tendrán mayores oportunidades para hacerse audibles y de instalar su voz.

“La cultura se politiza en la medida que la producción de sentido, las imágenes, los símbolos, íconos, conocimientos, unidades informativas, modas y sensibilidades, tienden a imponerse según cuáles son los actores hegemónicos en los medios que difunden estos elementos. La asimetría entre emisores y receptores en el intercambio simbólico se convierte en un problema político, de lucha por ocupar espacios de emisión/recepción, por constituirse en interlocutor visible y en voz audible” (Hopenhayn, 2000: 72).

            No siempre ocurre así, pero podría llegar a ser preocupante el que la capacidad de producción de sentido y su puesta en circulación esté supeditada a la producción económica; porque opinás que las reglas de juego del Mercado no son tan “amigables” como a veces se muestran. Cuando en una reunión para discutir la modificación de la malla curricular de la carrera de Letras de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional del Este la directora académica decía que “la educación debe responder a las necesidades del Mercado”, una profesora tuya, a la que le tenés mucha estima, le respondía que “la educación debería responder a las necesidades de la sociedad”. Puede parecer demasiado romántico, pero no deja de alimentar tu inquietud.


La lengua que hablo

            Estas pujas por la producción y puesta en circulación de los sentidos se hallan inscriptas en un entramado que se complejiza al contemplar la diversidad lingüística en la que se llevan a cabo; el escenario es polifónico, y podría hacer pifiar la voz única de una autoridad altisonante que opacara las demás voces; sin embargo, existen presencias autoritarias más audibles cuyos sentidos subordinan la producción de grupos subalternos.
            En ciertos campos semánticos, la conjunción poder económico, una determinada lengua, y la capacidad de agencia constituyen una nueva fuerza que aparece no sólo colonizando los otros sentidos sino como autoridad colonial de hecho.
            La dicotomía castellano/guaraní, en su relación diglósica, cobra otros matices frente a la presencia del portugués principalmente, y en menor medida frente a algunas lenguas indígenas y diversas lenguas de las colectividades de inmigrantes en el Alto Paraná.
            El portugués como lengua del coloniaje disloca los sentidos y consolida una ideología que se halla implícita no necesariamente en la lengua sino en el modo de hacer y estar de una Mayoría de sus hablantes –mayoría no en el sentido de cantidad sino en señal de su fuerza autoritaria-; en el habla cotidiana las señales de esta dislocación ofrecen oportunidades creativas –porque siempre ha habido mezclas, y la idea de “pureza”, de identidad previa impoluta es un constructo muy fácil de desestabilizar-, pero también construye relaciones subordinantes y hace que el hueco del hogar elegido sea habitable sólo de una manera, excluyendo otros modos de estar en el lugar.
            ¿Calificarlos como mejores o peores? ¿Cómo puede la tierra no ser suficiente para modos de hacer “poco productivos” en manos de poca gente y a su vez ser insuficiente para prácticas “altamente productivas” en manos, también, de poca gente?
            Vos creés que la “productividad” no puede ser el único criterio para tener derecho a ser en la tierra, y que “adaptarse” es elegir la posición pasiva de la célula que será muerta por el virus que la corroe.



Célula herida

            Se puede tratar de reubicar aquello que ha sido sacado de sitio, pero no siempre se puede; se abre la huella en la tierra y al tratar de encajar el pie en el hueco que él mismo ha hundido, éste no se acomoda, aparece, de pronto, deformado; el pie de la hermanastra no entra en el zapato, y le cortan el talón, que ya no es pie completo, ya no es el mismo, y derrama sangre por las comisuras del cristal.
            Las intervenciones que actores inscriptos en diversas subjetividades y pertenecientes a distintos grupos sociales llevan a cabo en el espacio que les ha tocado o han elegido vivir, el sentido que asignan y que construyen cada día, tienen una fuerte dimensión política; lo que en política es coyuntural, las dislocaciones que genera un cambio en política, tienen una ingerencia a su vez en lo político. Entendés la política como una de las escenas de lo político en la que se disputan poderes, y que pueden cambiar de un día para otro según la fuerza que tengan las presencias de autoridad en la puja; pero lo que se disloca en el ámbito de lo político, es la herida que no se puede cerrar.
            Pero, ¿y si se cierra? Entonces hay que picar con insistencia, porque el tejido a veces es diestro para regenerarse; y si se desaloja el virus, la cicatriz puede volverse imperceptible. Aunque vos sabés que el silencio del virus no es sólo signo de muerte, porque a veces entra en estado latente, y, por suerte, siempre puede despertar.






BIBLIOGRAFÍA


Hopenhayn, Martín. 2001. “¿Integrarse o subordinarse? Nuevos cruces entre política y cultura”, en Estudios Latinoamericanos sobre cultura y transformaciones sociales en tiempos de globalización. Daniel Mato (comp.). (Buenos Aires: CLACSO).

domingo, 11 de septiembre de 2011

xsms: 3/A: mucho gusto





Empezás adelante, luego atrás. En la boca. Del termolar enajena el pico, y al chupar. Te succiona mientras pasa líquido porque mucho gusta. Nde’yuhéi ra’e. Pantalón verde'o, remera, medias, mirás que lustra y se calza. Eso de mañana. Assim, em direção à noite porém, nas vésperas do coice, receio: Namombyrýi opyta la cheróga, jaguata’imíta añete, péro sapy’aitépe ñaguahẽta. Las botas. Vos siempre en la espera de oportunidad, sin desperdicio de cuerpo esta vez por favor. Cuando su cara se frunce es otra: la primera que invita, al parpadear su guiño perverso. Siempre se veían, urgentemente, decíle. Sin bus, ahí, en un mismo minuto, espacio para dos. Ahora por detrás. La cama -y vos arriba despierto-, es bastante grande, pensás, pero mucho gusto, dice. Igualmente.






Ir a xsms 3/B: fluidos

sábado, 14 de mayo de 2011

Declare indepenDANCE



Ayer, por primera vez en mi vida, desfilé en el marco de las fiestas patrias. No lo habría hecho voluntariamente, pero corría el riesgo de perder mi empleo si no lo hacía; así de importantes son los desfiles para algunas personas.

Me sentí un asco. Un alumno se acercó y me dijo "profe, yo no le veo mucho sentido a esto del desfile", y yo le dije "yo no le veo ninguno", pero la verdad es que sí que tiene mucho sentido, y por eso me asusta.

El secretario del colegio donde enseño no dejaba de decirme que mi pelo seguía demasiado largo, a pesar de que me lo corté para la fecha (él y los demás profesores se habían pelado). Se acercó y me dijo "¡marche, profesor!", y yo le respondí que yo no marchaba, entonces se paró detrás mío a contar "un, dos, tres, cuatro, cuatro, un, dos, tres, cuatro, cuatro...". A los chicos no dejaban de gritarles para que se mantuvieran en las filas, y las maestras levantaban las manos al estilo reina de belleza y saludaban a ambos lados. Yo miraba al suelo.

Cuando pasamos frente al palco donde Sandra McLeod de Zacarías, su esposo Javier Zacarías, entre otras autoridades estaban sentados, tuve el original deseo de pararme en medio, sacar un altavoz y empezar a cantar "declare independence" de björk. Los demás profesores alrededor mío deberían girar frente al palco y dar saltitos, como los soldaditos del video, y la banda lisa del colegio marcaría el ritmo. Vería a Sandra Zacaríaz agitar los puños cerrados junto a su cara dando gritos, y a la supervisora local tapándole los oídos al busto del Mariscal López. Vería, a tantas maestras teniendo espasmos orgásmicos en la avenida Bernardino Caballero, y a tantas madres corriendo espantadas arrastrando a sus niños. Vería cómo Björk se acerca a lo lejos y me da un beso, y corremos hasta el puente de la Amistad donde las aguas tienen un color amarillo fosforescente.

sábado, 2 de abril de 2011

Me quedé sin palabras



Ésta es una performance grabada por Damián Cabrera y Carlos Rojas con motivo de un encuentro de creadores y gestores culturales en diciembre del 2010, en Minga Guazú. Mientras Carlos Rojas lee palabras al azar en un diccionario, Damián Cabrera le cubre la boca con cinta adhesiva, haciendo que resulte cada vez más difícil comprender lo que dice. La idea era explorar lo inefable, el enmudecimiento ante ciertas experiencias, ciertas circunstancias. "Me quedé sin palabras, no supe qué decir", pero también "me he quedado sin palabras, porque ya no tengo qué decir ante esto".Asimismo, la idea de que el silencio habla, se hace patente cuando éste es intencional; como el silencio que envuelve el sentido en un poema. Ésta obra surge como el resultado de lecturas de textos de Derrida y Benjamin y a su vez ha "desatado" otra obra, esta vez teatral, "(h)" -la letra que en castellano es muda, y que en guaraní es apenas un "hálito sensible", como el lamento descrito por Benjamin-. En "(h)", dirigida por Marina Cantero y Damián Cabrera, este "gesto" deviene denuncia: el que habla, nombra a la fauna y flora local, en guaraní; a medida que se impone el enmudecimiento (siempre con la cinta adhesiva) algo, que ya no tiene su cobijo en las palabras que lo nombran, va desapareciendo.

lunes, 7 de marzo de 2011

Revista-espacio de expresión cultural EL TERERÉ

Los editores de la Revista-espacio de expresión cultural EL TERERÉ (Olga Bertinat y Damián Cabrera) convocan a escritores, artistas visuales y audiovisuales, músicos, artistas escénicos, gestores culturales y profesionales (o cultores) de toda área vinculada a la cultura, la educación, la filosofía y la política, a conformar su equipo de redacción y asistir a la reunión de constitución el día sábado 12 de marzo a las 09:00 hs de la mañana en la residencia de Damián Cabrera (km. 19 Acaray, Minga Guazú).

"DE MANO EN MANO, DE BOCA EN BOCA".

La Revista-espacio de expresión cultural EL TERERÉ es un proyecto iniciado en 2006 como un espacio alternativo de comunicación escrita en el ámbito universitario. Apuesta por contenidos críticos sobre cultura, cuestiones estéticas, política, educación, acostumbrada a un lenguaje que roza lo literario.

Tras una larga hibernación, EL TERERÉ retoma su compromiso con el lenguaje en 2010, y en 2011 se pone en campaña para fortalecerse, con la intención de construir la profesionalización del trabajo cultural; inspirada en cierta medida por la intención de generar una veta expresiva, una alternativa discursiva, para agitar la escena cultural local.

FORMACIÓN

Para lograr el objetivo de construir una escena de profesionalización del trabajo cultural local, EL TERERÉ quiere apostar a la formación de sus redactores, propiciando espacios para la discusión, proporcionando materiales de lectura y gerenciando asesorías de profesionales. Para tal efecto, mensualmente la administración distribuirá textos y convocará a talleres de escritura y espacios para la discusión acerca de la crítica como trabajo de creación.

CONTACTO

Para más informaciones, comunicarse con Damián Cabrera (0985178636 / 061 584049) u Olga Bertinat (0983622642).

sábado, 4 de diciembre de 2010

domingo, 31 de octubre de 2010

mar'a

Sin título II. P/A 1. Xilograbado.
Damián Cabrera. 2010



es la última vez, señorito
AYER Dios te mira
¿y dónde lo que no se mide?
en Valenzuela dice que
una vena de mar dice que
ipypuku: tiene fondo largo te voy a hacer arrodillar
afuera todo está fechado
yo:
ya era
ya
yo
ya otra vez

*me fui al centro, y compré un traje de buzo de la mesita


martes, 15 de junio de 2010

Dar sin recibir (teatro de títeres)


Cristian Toto, actor minguero chae.


Circunstancia A

ALBERTO: Yo mi techo era demasiado bajo y a la siesta era inaguantable.
MIGUEL: Yo mi abuela en el patio.
ALBERTO: Pero ahora…
MIGUEL: Claro, eso más antes.
ALBERTO: Ahora imposible.
MIGUEL: Y sacaba su mosquitero.
ALBERTO: Claro, porque o si no…

(...)


MIGUEL: Yo antes me gustaba el verano.
ALBERTO: ¿Y ahora?
MIGUEL: Ahora ya no.
ALBERTO: Te gusta el invierno entonces…
MIGUEL: No tanto. No me gusta el frío, me hace doler todo el cuerpo.
ALBERTO: A la pinta, qué tea entonces lo que te gusta todo. A vos no te gusta nada luego me parece…
MIGUEL: Claro que sí me gustan muchas cosas.
ALBERTO: ¡Qué lo que te gusta entonces!
(PAUSA)
MIGUEL: Yo mi miedo ahora mismo es quedarme solo.
ALBERTO: Yo mi miedo es que mi hijo pase hambre, y me odie.
MIGUEL: Yo no voy a tener hijos.
ALBERTO: Pero si es lo más natural del mundo.
MIGUEL: Tener hijos es muchas cosas, hermano.
ALBERTO: ¿Cómo sabés?
MIGUEL: No sé. Intuyo nomás.
ALBERTO: Intuís que no vas a tener hijos.
MIGUEL: Yo no intuyo nada… Yo no voy a tener hijos.
ALBERTO: Yo mi miedo es que no tengo trabajo y que mi hijo pase hambre.
MIGUEL: Yo mi miedo es estar solo.
ALBERTO: No tengas miedo, che dúki.



Circunstancia B

Conmiseración

ALBERTO: Yo tenía quince años por ahí. Siempre andaba por la calle, pynandi. Pasaba así por un yuyal y escuché que lloraban los gatitos. Ahí me acerqué a revisar y estaban en una bolsa de arpillera. Les tiraron para que se mueran. Pero no abrí la bolsa. Después más tarde pasé otra vez por el mismo lugar y lloraban todavía. Y casi les iba a soltar pero en vez de eso compré un cebollón y les reventé todito a los pobres michi.
MIGUEL: En la calle más desolada se fríe el cuero de un sapo. Había sido un sapo muy gordo, satisfecho de sí mismo. Pero cruzar la calle implica un riesgo, a pesar de la soledad aparente. Entonces se pensaría en el desamparado sapo, en su sensación de desamparo, aplastado, con sus últimos respiros cutáneos y pulmonares después de haber sido aplastado por el camión, o la bicicleta. Y la calle es de las más desoladas. Pero el sapo no espera auxilio, el sapo respira con apuro, se mueve y se agita como si estuviera siendo comido por una serpiente y todavía, con los últimos pataleos, tuviera la oportunidad de escapar. Pero la ponzoña del camión, o de la moto, lo tiene inmovilizado, inválido para siempre. Él hace el ejercicio cerebral de correr, de salir dando brincos nerviosos, pero los brincos no se producen. Entonces, siempre mentalmente, invierte el doble de esfuerzo. Nada. No pasa nada.
ALBERTO: Nápy febrero kaigue! Qué pila’i que estoy. Domingo ka’aru, ni mbéru no fly. Seca. Ndaipóri mba’eve, to’ólo.
MIGUEL: Un cordón verde, un cordón rosado, un cordón violeta, y un cordón amarillo. Así andaba sacudiéndose el pelo, pero para cuando eso era seguro que se moría. Y uno siempre tiene miedo de que le moje la lluvia. A veces las cigarras se ponen a sisear al unísono y parece que conciertan el siseo para uno, pero hay que ver lo ombligo que uno se siente a veces. A veces me pongo a imitar el siseo de las cigarras, como si ese lenguaje me doblegara o como si buscara respuestas. Pero ella no. Un cordón verde, un cordón rosado, un cordón violeta, y un cordón amarillo, y la muerte agazapada detrás de sus párpados, en algún tumor oculto e inextirpable. Pero ella como si nada, invulnerable, muriéndose desde adentro pero totalmente loca, la diva queer sambando en el mercado de abasto, en el parque chino, saciando las hambres de hombres casados y aburridos, de futboleros y señoras solitarias, y ni para los remedios.
ALBERTO: “Si me falta el amor… No me sirve de nada… Si me falta el amor… nada soy…” Qué calidad que ya son algunas músicas de la iglesia. “Todos unidos, formando un solo cuerpo”…
MIGUEL: Yo puedo ayudarte, Alberto. Y… quiero ayudarte, chera’a.
ALBERTO: Yo ngo no tengo cómo pagarte, mi socio.
MIGUEL: No hace falta que me pagues. Nosotros ko somos amigos. Si vos estás bien yo estoy bien, hermano. Y vos ahora no estás bien y así no pega nada.
ALBERTO: Yo te prometo que te voy a pagar, chera’a, apenas pueda nomás. Si querés hasta de doy una garantía.
MIGUEL: No hace falta que me des… nada.
ALBERTO: Siento un poco de vergüenza katu.
MIGUEL: Para qué.
ALBERTO: Así me voy a creer demasiado ya yo.
MIGUEL: Por qué gua’u.
ALBERTO: A la pinta, si seguís haciéndome favores así voy a querer tomarme confianzas, jeje.
MIGUEL: Seguí soñando, iluso.


Circunstancia E

ALBERTO: (Aplaude. Aparece Lita.) Señora, me mandó decir Miguel que quería que le revise su luz.
LITA: Sí. Pasá nomás.
ALBERTO: Permiso.
LITA: No sé cuál lo que es el problema, viene y se va la luz, viene y se va. Revisame un poco (CORO: a mí) para que (CORO: yo) funcione bien.
ALBERTO: (Se sube a una silla y empieza a revisar el cablerío. Las luces se encienden y apagan. Ruidos eléctricos. El cablerío desciende, multicolor, y es la música.)
LITA: He aquí las instrucciones para disecar un caballo, Alberto, bien potro, he aquí el procedimiento más acertado, de cuclillas, con la espalda al aire, he aquí, un equino muerto, he aquí, el arte que nos congrega, aunque, atendeme, he aquí, de cuclillas, el caballo, y el procedimiento, el caballo que he de pelar bien pelado, y la carne se hizo verbo, el mensaje, el arte, ya vas a entender, he aquí, con la cola afuera, es medio complicado a los cuarenta y cinco, a los cincuenta y reumatismo y arterioesclerosis, pero con el caballo disecado, tripas afuera, Albertito, tus tripas afuera, tus embestidas demasiado tiernas para mi gusto, un destino, que no llegue, que llegues; para qué ponerse en ese plan, para qué equivocarse así, de todos modos en consecuencia de cómo no queda otra, así de simplemente entonces, he aquí el HORSE, para que luego así de tan como sea que ni tanto, y sin embargo muy, verruga extirpada, quiste sangrante, amputado por la fornicación, fruto de mis entrañas, kavaju nonato, abortado, mis tripas al aire, y mi cola, mi espalda, mis pechos, atendeme, he aquí el cavalo de fogo, la carne que mi boca articula, la carne que verbalizo, y vos de entenderme acabás, muy enormemente grande, como un cirujano inexperto. (Para la música).
ALBERTO: ¿Qué pasó, señora?
LITA: Nada, yo no dije nada.
ALBERTO: Qué mal que escuché entonces.
LITA: Sí, escuchaste mal.
ALBERTO: Ya está ya.
LITA: Ay, qué suerte.
ALBERTO: Puedo hacer algo más por usted, ¿señora?
LITA: No, nada. Gracias.
ALBERTO: Qué calor.
LITA: Sí, verdad. ¿Tenés sed?
ALBERTO: Sí, tengo.


Circunstancia F

MIGUEL: Hay una cultura que es más feliz. Una cultura de monjes que exploran el vacío, y una vez que el ejercicio resulta, son plenos. Qué ironía. Hay una cultura en la que Dios no interviene, en la que no se piensa a Dios, y por lo tanto reina la paz entre todos los hermanos, o al menos la paz prima. Hay una cultura en la que las personas no se ven sino como objetos, y por lo tanto se respetan; el otro no es más que la posibilidad concupiscente, el otro no es más que una cosa, una paja. No existe el amor, al menos no como lo concebimos nosotros. Hay una cultura donde el amor es otra cosa, es reírse de todo. Para nosotros el amor es llorar. Hay una cultura en la que no se come carne. Hay una cultura en la que las celebraciones duran años. Hay una cultura. Hay una cultura por la que yo voy caminando, libre del capitalismo, libre de querer poseer las cosas, libre del engaño de poseer algo, desposeído, jaja. Hay una cultura por la que yo voy volando, con las mismas ganas de tocar algo, qué sé yo, el borde de una nalga, sin necesitar ser su propietario. Hay una cultura por la cual yo voy, qué sé yo, cantando, y dando, dando, dando, y recibiendo y recibiendo. Pero yo siempre, siempre, siempre doy. Y nunca recibo. Pero nosotros somos al revés. En vez de buscar la vacuidad, buscamos llenarnos de cosas, de personas, de ansiolíticos, de placeres, y nunca nos llenamos porque nuestros buches no tienen llenadero. Yo siempre doy, y nunca recibo. Aunque, es cierto, a veces sólo recibo, y no doy. Por fin entiendo la metáfora de Henry Ford, es lo que hay.





SEGUNDO PERÍODO

Circunstancia B


MIGUEL: Para que la moto me inspire dar la otra mejilla, para que los hipos mojados de una culpa-lástima, en tanto que por medio de determinado rencor cristiano se desdibuje mi misericordia, que en consecuencia es la suma de los salvo que, salvo que en definitiva los animales no posean alma, pero la doctrina de los santos es parvularia y heme aquí trazando los parámetros para que, siempre que la ficción no incida, ni la pasión, pueda salmodiar mientras regalo la otra mejilla, el mentón y la nariz, para darme de cuatro con la escopeta del militar encañonando mi boca temblorosa, oh milico de pie frente a mí, tan poderoso, o excelentísimo, o domador de los débiles, títere en fin, pero qué más da, por este lado de la acera las lluvias son más tormentosas, de manera que al final habrás de mojarte con los meadas del cielo que no es otra cosa que el escenario, Eustaquio, que no es más que fotograma, imagen digitalizada susceptible de photoshop de esto que intuyo teológico pero que no supera la vulgar ontología, somos todos perros al fin y al cabo, pero más perro yo, más de tantas cuestiones excluido. La moto pasa raudamente, no pasan los motociclistas, que montados a la máquina se convierten en andorides, los cyborgs del valle, de la villa, del barrio que se regalan existencia, que se dotan de visibilidad matando perros por las calles, dilacerando sus cabezas con sus armas de contrabando. Matame, Eustaquio, matame. Reventame el cielo de la boca con tu fuego pétreo, devolveme no sé qué, torname susceptible de lástima para que alguien me llore, para que los medios me retraten exageradamente, un episodio más del imparable fenómeno de la violencia, haceme espejo de esa cotidianeidad cada vez más visible con su desmi(s)tificado misterio, el desierto y el laberinto que se funden para hacerme desaparecer. De lo contrario, siempre, por qué no, por un instante al menos, quién te niega el derecho, ponete del lado de mi miseria, que te duela por donde me meten, para que no te metan por donde nos duele a todos, compa-ñero cañero, hermano del alma, conmiserate, ch’amigo, no me des la espalda, que no es otra cosa que otra mejilla, la peor de todas. No me pretendas impune de estas emotividades, que yo también te com-padezco, me dolés muy en el fondo, Eustaquio, pero es buena señal que me duelas adentro, señal de que siento, de que te siento muy allaité, compái, donde un perro mugriento y roñoso te lame las heridas, te lame todito luego.



Circunstancia D


(Sigue la música de Sonia.)

ALBERTO: Che ja’aháma, che áma.
LITA: Terehóma chéve upéicharö. Aníke rejujey che inchávo. Ko’ápe jananderendavéima.
ALBERTO: Anichéne ajujey.
LITA: Néima upéicharö.
ALBERTO: Rombyasy katu...
LITA: Ndaipotaietépa chembyasy. NaikotevëiETEvoi ne ñembyasy, che karai.
ALBERTO: Anína reñembotavýti, che rréina.
LITA: Ndachetavýi. Pero animal jepe ogusta jatrata porä ramo.
ALBERTO: Ha nde piko animal mba’e?
LITA: Nde katu la animal, nde jagua puérko reikóva, nderejuhuichéne cheichagua mamove, rentendépa?
ALBERTO: Jagua arriéro ko ohohápente ovy’a.
LITA: Terehóma chéve upéicharo reheka nderuparä.
ALBERTO: Jajodespedi poräna, che reindy, ndovaléiko upéicha japoi ojoehegui.
LITA: Kuréntepeko peteïchante imongaruha inupahä ndive.
ALBERTO: Nde katu reikuaáta…
MIGUEL: Kuarahy, mboriahu poncho.
ALBERTO: Mboriahu, ñandejára verrenke rupa.
(Pausa)
ALBERTO: Ñanemboriahumíramo jepéko… jareko katuete ja’uarä oñondive... (Pausa) Ajépa, Miguel…
MIGUEL: HËE.


Circunstancia E

CORO: Pito, pito, colorito, dónde vas tu tan bonito, pin, pon, fuera, era ña María Kasö kartéra ha opyta omano ikéra, ha’uhápe mbokaja, cheikaräi mbarakaja, chesalva che rovaja.

ALBERTO: Pobrecito angá, es la señal cifrada, que te atraviesa, te parte en dos y te rocía sangre sobre la voluntad, sobre tu ánimo. Aichejáranga, la osamenta, che dúo, aichejárangana. Chúlina, la osamenta, apuchúlina las pirañitas que se prenden de cada uno de tus bolsillos, que te pelan, nemoperö. Te descascaran para revestirte de mba’émbo. Pobre angá el asaltante, el secuestrador, tan moderno que sos. Pero indio xenófobo que arco y flecha en mano contra un racismo al revés, chuleado por la violencia religiosa y con la diglosia puesta al servicio de las polillas de una mala conciencia que proponen los críticos mba’émbo para evitar la caridad, tan cara a nuestros afectos, vicio atribuido al Cristo jesuítico de madera, los dioses sufrientes y flagelados, la Virgen María, diosa mujer, oprimida y libertaria, mamita. Una madre de López, asesina y libertaria, que por poco muere de la mano de su propio huevo, un tirano fratricida y la síndrome de Estocolmo los empujaron al borde de quién sabe qué desgracias. Miguel, Miguelito, mi cuate, no seas egoísta, la aureola de la lástima me sienta bien a mí, ch’amigo, pero a vos, pobre angá, ¿y a vos, Miguel? Te queda grande.

CORO: Pasará, pasará, el último akächara. Pasará, pasará, el último akächara.

MIGUEL: No pasará nada hasta que no me llames sollozando. No sino hasta que vibre en mi oído lo que quiero escuchar. Ni abrazaré orden alguna, ni me dormiré como feto en vientre ajeno.

CORO: Pasará, pasará, el último akächara. Pasará, pasará, el último akächara. PASARÁ, PASARÁ, EL ÚLTIMO AKÄCHARA.

(Se apagan las luces).



(...)

martes, 1 de diciembre de 2009

Abrapalabra

Tan estaba que
mbóre,
yo no,
otro
yo una ura por el paré espolvoreando mis alas
ciñéndnos al tema de la cátedra
sugerir la intención de que
no,
mbóre,
él,
yo no
entendéna,
hay avispas que inyectan sus huevos en los culos de las uras
después del legargo la oruga no emerge de la crisálida amarilla naranjada hermosa
es algo
ceniza orgánica algo
gris
algo amargadamente otro
yo no pues
para que en consecuencia de determinado quién sabe qué
el goce pasee us antenas por donde sé que se esperaría que llueva
el purgatorio
pero muy ante de que estéa bien o mal
delante de uteden
OPA...

miércoles, 25 de noviembre de 2009

CANCHA CHICA


—Segúnda divisiónpeko travéstinte la oikóva penderapykuéri, chera’ykuéra. Priméra divisiónpe pejupi ha pehecháta umi modelokuéra oñorairõmbá penderehe.



Furrufufrufruííí.

Figurita del saltarín rojo pequeñamente reliquia envejecida por la humedad, te cambio por tres que tengo, te cambio por el Peque, por Chila, por el Loco González… No… ése doble ya tengo. ¡Cuál entonces! ¡Furrufufrufruííí! Comprame un helado o qué. ¿Y la figurita? Éste es de mi papá, si te cambio voy a ligar. Te cambio por tres y mi kichute entonces.

¡Furrufufrufruííí!

Helado de nata que finge ser babosa en la mano y suda hasta dejarla toda babeada, mi remera de la albirroja, mi autógrafo del Pepe; poco a poco a la admiración se le sobrepone el rencor.



Se remangó el chorcito blanco. Se agachó para atarse los botines. Se estiraba las medias. El pedazo de cuarto, la porción de torso que la remera que flamea dejó ver cuando estaba así, inclinado. “El estómago quiere ponérseme del revés y abro la boca como si fuera posible, como si fuera a vomitar un repollo, y la cara se me pone roja, pero hace calor, nada me delata”, revive ella con el álbum de los tiempos del colegio en su regazo, con la foto del campeón que reapareció oculta detrás de una foto de curso como cucaracha esquiva. Y así, el episodio se reitera: En oleaje; una lancha pasa raudamente y las orillas se estremecen; los suspiros en fuga son el recurso sonoro más apropiado.

El mejor futbolista del colegio y las anécdotas inventadas para mojarse precisamente. (Él se mueve mejor que yo, es más rápido, mete más goles también; pero para compensar yo soy más úcho, más picholo, tengo más pendejas en mi haber; no es mi único vicio, pero es mi predilecto.)

El filo doble de una mojigatería, la impresión de una violación con consentimiento, de un simulacro de violación en perfecto videíto para deleite de los perros e injuria de la que tres años más tarde ya tiene dos tapas y un novio corredor de rally; las explicaciones, las correspondientes excusas y un encuentro imprevisto: Es inevitable morderse el labio inferior, apretar los labios…

“Para más, si sos calidad con él, él te va a comprarte para tu champión umía kuéra”. Aricio y Adriano habían probado la misma suerte hacía una década, pero las mujeres y el alcohol les negaron las estrellas. “Te digo que te voy a pagar cien mil, y yo lo que cobro ya es aparte”. Así, en el barrio había quienes habían llegado hasta el Brasil, la Argentina, los Emiratos Árabes, y regresaron, como Adriano, como indefectiblemente Aricio, para quedarse. “Ya sé que vos lo que le vas a comer, che papá, pero yo ningo lo que te hice el contacto”. Una frutita jugosa, apenas madurita.

Socios desde la escuela de fútbol, la convocatoria estaba antes y después de la amistad; nuestros teléfonos esperaban, la espera de dos mita’i ansiosos, la confirmación para romper ese hilo que nos tenía colgando de las puntas.

—Nandempresárioiramo ijetu’u la reike haguã, che kapelu. Ndaha’éingo la ndajeroviáia nderehe, sino que reikuaaporã haguãnteko.

—…

Nde, amoitéa nde’use he’i.

Tresiénto mil ere chupe.

Oĩma picho de oro.



(El caballo del mariscal avanza con trancos torpes. Ambos están cansados. El mariscal siente que se va a dormir, y acaso ya está dormido cuando un escuálido hilo de baba transparente surca su barba tupida. Mira atrás, y su tropa da lástima, pero infunde aliento. Entonces, infla su menudo pecho y el bramido retumba helando espinas. Fin del spot.)



La audición tiene fecha y hora. Chupar, coger, apostar son sus formas de evadir la ansiedad; un ritual al que se ha habituado por el placer revestido de necesidad; el hábito revestido de razonada opción. En vez de la acostumbrada concentración, celebrar se hace entonces… necesario: Birra; dos nomás, no hay que exagerar.

La cantinera le ha dicho algo al oído y él se apretó el paquete, “qué pesado”, para incitar a la violencia. “Allá está mi amiga también”.

El otro ya se quiere ir, pero él lo retiene (la cerveza dibuja cualquier cosa en el fondo del vaso con su espuma blanca que se deshace.) Mira el vaso, mira a su amigo, sonríe y le hace una señal a la chica que obedece como una pollita regocijada y trae otra cerveza. Se tiene que ir. ¡Qué pila’i! Un rato nomás ya.

Ellas los acompañan, y mientras él busca su teléfono, la amiguita le aprieta una nalga y le huele el cuello. Dando tumbos, me tengo que ir, chera’a. ¡Maricón! Otro poco, señala hacer acrobacia con la pelvis en tanto que el sol se rasga por las comisuras.

Damián Cabrera

Minga Guazú, noviembre de 2009

martes, 27 de octubre de 2009

WANDERLUST: Tedio. Más tedio.

I


La puerta, el interruptor del foco, el correo, son inconclusiones. Para abarcar las distancias, para agazaparse en la voluntad y borronear cualquier esbozo de quietud, hay que salvar el tedio; pero qué es esa presión intensa, qué es aquello insoportable cuya naturaleza se nos escapa de las manos, como un agua tibia que nos moja, pero que no deja sino su huella en la piel húmeda; que no se deja atrapar; un viento siestero, de siesta naranja, pajiza.

El sopor es una habitación inhóspita de la que cuesta escaparse. Arañamos las ventanas y mordemos los cerrojos helados, pero es un gesto de desesperación, inútil. Sin embargo, en días como hoy, la impresión de que cierta dosis de violencia podría ser liberadora abruma. La puerta, el interruptor, el correo, son posibilidades; ¿bastará con un empellón de fuerza considerable contra la puerta -¿qué tan anchas son sus tablas?- para partirla en pedazos y hacer volar las astillas, y hundirse en la profundidad del afuera donde se responde a una invitación y uno se refresca con la ducha helada, se toma un tereré, mientras aguarda otra respuesta, o simplemente se decide a realizar las atrasadas labores domésticas, que dadas las circunstancias son una forma de catársis?

Por eso ese ceremonioso entregarse al control remoto provoca cada día más repulsión, a pesar de que cuesta desprenderse de él –el tabaco, el alcohol-; eso de ir alimentando la náusea es una imagen recurrente pero sumamente oportuna.

Primero la ducha, después el correo.


II


El viejo está sentado en la siesta chupando mangos. Los cabellos de la fruta se hilan entre sus dientes y la viscosidad se apodera progresivamente de los labios, de los dedos, de la cara, con capas que se van superponiendo, dando la impresión de que pronto respirar se tornará dificultoso. Entonces, evitar observarlo se hace urgente, con el convenido gusto a chipa que se esponja en la frontera entre la garganta y los dientes de juicio.



II


Apagar la luz. Que haya en ello algo de saña.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Mil puertas



Entonces el poeta me miró a los ojos y me dijo:

-Cortás el pan como si abrieras un mundo.

Se levantó. Encendió el foco amarillo de la habitación contigua, de donde regresó algo constipado. Se sentó, envolvió un portafolio marrón en papel madera, lo puso sobre la mesa y lo arrastró lentamente hasta mí. Tomá, me dijo, para el viaje.

Y le dejé como un retrato inmóvil destiñéndose bajo el agua.

Mis zapatos son violáceos. Cosas por el estilo ofrecía Laura Lejía en su mesita de la calle del consulado, junto con ponchos deshilachados y ceniceros sustraídos de los hoteles más inhóspitos. Pero Laura lejía y otros recuerdos se me traspapelan entre tanto desorden de diarios viejos y hojas de oficio de una raya; a veces me parece ver a Paco, el malabarista del semáforo, en una mancha de humedad o en la tinta derramada, pero basta un pestañeo para que las manchas me figuren otra cosa, cualquier cosa. Siempre me han gustado estos zapatos, comodísimos para andar por las veredas de la ciudad, aceras de baldosas cuyas junturas no hay que pisar si se ruega por la suerte de encontrar un billete gordo o el milagro de acertar en los números de la quiniela. Pero ahora que me entra el frío, y con esta humedad que me ha arruinado la alfombra y el colchón de espuma, los zapatos son sapos desahuciados que me chupan el pie.

En muchas culturas, los jóvenes emprenden un viaje que implica una transición a la madurez, un viaje de iniciación. Una madrugada de verano, indicios de que mi tierra sin males me esperaba en algún lugar me hicieron cargar mi mochila y emprender la fuga. Cuna de las posibilidades, llegué a esta ciudad hambriento, con arena en los bolsillos; como cientos al año, enfebrecidos por un oro que se hace el difícil. He presenciado muchas desgracias: hombres prematuramente envejecidos en cuyas miradas se ha cuajado la expectativa.

El agua bulle en la pava. Sospecho que mi bullente vida se evapora, humedeciendo las comisuras de este mundo. Café.

Muchos de los que se han empujado al límite de querer volver a sus tierras han fracasado en el intento, y en su momento me han inspirado desprecio: ¿quién le pone el anillo al hijo pródigo de un padre proxeneta? Yo no quiero para mí tales desgracias. He de defenderme alegando que soy muy distinto, ésta es mi vocación, a esto vine, y con esto me quedo; es decir, ¿acaso no soy libre ahora?

(Y sin embargo, la posibilidad de haber cometido el error de enamorarme me atormenta. Un momento… ¿error? ¡La locura de enamorarme!)

Por allá no había muchos días nublados. Aquí sólo llueve. Uno de esos días en los que caían tenedores conocí a un hombre muy sabio, míster Englander. Mi cara no debía distar de las de cientos de desalmados, prófugos de otras ciudades y de esta misma que irían a buscar consuelo para sus conciencias en el rostro de aquel señor. Me acurruqué a su lado y noté que llevaba zapatos parecidos a los míos. Le pregunté:

-¿Cree usted en Dios? –él ni siquiera pestañeó.

–No. Y sin embargo existe. Existe porque actúa sobre nosotros –metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó una botellita de coñac de la que sorbió un largo trago- Existen puertas –agregó- que se abren a otras realidades.

Yo siempre había creído que a Dios se le conferían tantas responsabilidades que por eso espiraba realidad. Le pedí que me invitara su coñac, y su cara se puso lívida de súbito. Le sonreí. Míster Englander me mostró sus dientes amarillos, me tomó del brazo y me dijo:

-Has abierto una puerta entre tú y yo.

Apenas amainó, me levanté y le dejé unas monedas.

De cierta manera una ciudad es muchas a la vez, muchos mundos, depende de por dónde se la mire y de quién la mire. Se podría afirmar, entonces, que un mundo es como Dios, o como los frutos reforzados de nuestra capacidad imaginativa: Interviene en la realidad, nos afecta, como un gato negro o las junturas de las baldosas. Pasa con todos los seres, con todos los hombres. Al poeta le habían reprochado un comentario, calificado de ofensivo, acerca de uno de nuestros tantos próceres: Una cosa es el mito, y otra es el hombre, me decía; yo admiraba al mito, él odiaba a ambos, por eso yo escribo cuentos, y él escribía poesía.

No puedo creer lo desconsiderado que he sido. El portafolio sigue intacto detrás del estante, envuelto en su forro de papel madera que se llena de polvo y humedad a lo largo de los meses. No lo había abierto por temor a la nostalgia, pero hoy que me aferro como un loco a esto que no sé qué es, el pasado no puede venir de lejos a hacerme más daño que el previsible.

Paso a otra página, y la impresión de que los fantasmas de Laura Lejía, Paco y el poeta han atravesado el umbral del papel para convertirse en huellas difusas sobre la mesa me habría asustado si no fuese el estrépito de persianas que el viento descuaja espantando las palomas en el balcón de esta buhardilla.

Ahora, además de la injuria de los zapatos, está el hambre. Tomé demasiado café, y el estómago me lo reprocha con dolorosos retorcijones. Esta mañana me desayuné la última criollita de la lata, no tengo dinero ni sé a quién visitar. Si no hubiese tomado tanto café tendría el beneficio del sueño, lo inconsecuente que uno es a veces. En ese sentido, desde que llegué, todo me ha ido mal. No he trabajado más de una semana y no puedo precisar en qué invertí mis ahorros; es posible que me los gastara en los primeros meses, cuando me enamoré…

Y ahora que pienso en eso, definitivamente todo me ha ido mal aquí. Eso me gano con tanta remembranza; cavilar demasiado acerca de la realidad conduce a eso, a las servidumbres de la tristeza.

Debería abrir el portafolio de una vez. El poeta me quería mucho, ¿qué me habría puesto adentro? Un libro, un poema escrito en una servilleta, un paquete de cigarrillos, supongo. O dinero.

Decimonónico esto de empapar los papeles mientras se escribe. Las letras se van desfigurando, se van desvaneciendo, como mi amigo el poeta detrás de mis ojos húmedos cuando la despedida.

Me levanto y me tiembla una mano. Desenvuelvo el paquete, arrugo el papel y lo arrojo a una esquina, desde donde parece susurrar.

Hay una tarjeta:

Querido Julián,

En agradecimiento por los momentos que me permitiste compartir contigo, este portafolio para salvarte la vida.


Abro el portafolio. Es como si cortara un pan.

viernes, 5 de junio de 2009

Cena

En el plato blanco,
Al lado de tenedores de plástico,
Está tu sangre.

el plato blanco,
De ayer,
De anteayer,
Están tus dedos.

En el plato blanco,
A la izquierda de un vaso de plástico,
Están tus dientes.

En el plato blanco,
Vistoso,
Visible.

En el plato blanco,
Sobre manteles blancos,
Blancos de plástico,
Está tu pelo.
Está tu vello axilar,
Tus pestañas,
Tus cejas,
Tu vello facial,
Tu vello púbico,
Tu vello anal.

En el plato blanco,
Amable,
Generoso.

En el plato blanco
―a un lado hay cuchillos de acero con filos luminosos, esplendentes,
Con mangos de plástico―
Están tus ojos,
Marchitos,
Impenetrables.

En el plato blanco,
De todos,Menos tuyo.

En el plato blanco,
En la mesa ceremonial…
De plástico…,
A la vista de todos,
Está tu sexo.

En el plato blanco,
DE PLÁSTICO,
Están tus tripas,
Tus genes.

(Es que el plato blanco,
De plástico,
Es mío.)

(Es que puedo verte,
Tenerte,
Serte,
Y odiar tu conducta.)

ESCRIBIR PROSPECTOS APRESURADOS.

“Bendito es el fruto de tu vientre.”

Para volverte,
Día tras día,
Más dependiente de mí,
Más de plástico
como yo.

Desgaste

¿por qué desgastarse con estas cosas?
atravesando los vitrales sacros
tu luz como voz que protesta
tu luz como timbre de voz que quiebra vitrales sacros.
allá una potencia de fuego
allá una muerte por la vida, contra la muerte, por la muerte, o contra la vida.
acá un grito de tierra, sofocado por la tierra, para que otros no gritemos.
¿por qué se oxidan nuestras gargantas en los armarios pétreos?
por qué la idea que rezan es de palabra vacía, volátil, reiterativa,
como rosario cíclico.
ahora me pregunto:
¿serán los flamencos en bandada alborotada la respuesta?
¿serán las plumas azules en extinción reunidas?
¿será la soledad de piedra en el arenal desolado?

lunes, 1 de junio de 2009

WANDERLUST: Refrenamientos



Pongámoslo de esta manera: Uno no tiene la menor idea de lo que puede estar detrás del daño que le causan a uno, puede acostumbrarse a ese daño y, en determinado momento, puede llegar, incluso, a disfrutarlo; o bien, uno es consciente de que ella es perversa, un monstruo que te obliga a hacer cosas que no querrías, que no consentirías que te hicieran en otras circunstancias…; no queda otra, todo ese sufrimiento es en vistas a un bien mayor.


He aquí la tenue línea que separa al masoquista del mártir.