martes 27 de octubre de 2009

WANDERLUST: Tedio. Más tedio.

I


La puerta, el interruptor del foco, el correo, son inconclusiones. Para abarcar las distancias, para agazaparse en la voluntad y borronear cualquier esbozo de quietud, hay que salvar el tedio; pero qué es esa presión intensa, qué es aquello insoportable cuya naturaleza se nos escapa de las manos, como un agua tibia que nos moja, pero que no deja sino su huella en la piel húmeda; que no se deja atrapar; un viento siestero, de siesta naranja, pajiza.

El sopor es una habitación inhóspita de la que cuesta escaparse. Arañamos las ventanas y mordemos los cerrojos helados, pero es un gesto de desesperación, inútil. Sin embargo, en días como hoy, la impresión de que cierta dosis de violencia podría ser liberadora abruma. La puerta, el interruptor, el correo, son posibilidades; ¿bastará con un empellón de fuerza considerable contra la puerta -¿qué tan anchas son sus tablas?- para partirla en pedazos y hacer volar las astillas, y hundirse en la profundidad del afuera donde se responde a una invitación y uno se refresca con la ducha helada, se toma un tereré, mientras aguarda otra respuesta, o simplemente se decide a realizar las atrasadas labores domésticas, que dadas las circunstancias son una forma de catársis?

Por eso ese ceremonioso entregarse al control remoto provoca cada día más repulsión, a pesar de que cuesta desprenderse de él –el tabaco, el alcohol-; eso de ir alimentando la náusea es una imagen recurrente pero sumamente oportuna.

Primero la ducha, después el correo.


II


El viejo está sentado en la siesta chupando mangos. Los cabellos de la fruta se hilan entre sus dientes y la viscosidad se apodera progresivamente de los labios, de los dedos, de la cara, con capas que se van superponiendo, dando la impresión de que pronto respirar se tornará dificultoso. Entonces, evitar observarlo se hace urgente, con el convenido gusto a chipa que se esponja en la frontera entre la garganta y los dientes de juicio.



II


Apagar la luz. Que haya en ello algo de saña.

sábado 26 de septiembre de 2009

Mil puertas



Entonces el poeta me miró a los ojos y me dijo:

-Cortás el pan como si abrieras un mundo.

Se levantó. Encendió el foco amarillo de la habitación contigua, de donde regresó algo constipado. Se sentó, envolvió un portafolio marrón en papel madera, lo puso sobre la mesa y lo arrastró lentamente hasta mí. Tomá, me dijo, para el viaje.

Y le dejé como un retrato inmóvil destiñéndose bajo el agua.

Mis zapatos son violáceos. Cosas por el estilo ofrecía Laura Lejía en su mesita de la calle del consulado, junto con ponchos deshilachados y ceniceros sustraídos de los hoteles más inhóspitos. Pero Laura lejía y otros recuerdos se me traspapelan entre tanto desorden de diarios viejos y hojas de oficio de una raya; a veces me parece ver a Paco, el malabarista del semáforo, en una mancha de humedad o en la tinta derramada, pero basta un pestañeo para que las manchas me figuren otra cosa, cualquier cosa. Siempre me han gustado estos zapatos, comodísimos para andar por las veredas de la ciudad, aceras de baldosas cuyas junturas no hay que pisar si se ruega por la suerte de encontrar un billete gordo o el milagro de acertar en los números de la quiniela. Pero ahora que me entra el frío, y con esta humedad que me ha arruinado la alfombra y el colchón de espuma, los zapatos son sapos desahuciados que me chupan el pie.

En muchas culturas, los jóvenes emprenden un viaje que implica una transición a la madurez, un viaje de iniciación. Una madrugada de verano, indicios de que mi tierra sin males me esperaba en algún lugar me hicieron cargar mi mochila y emprender la fuga. Cuna de las posibilidades, llegué a esta ciudad hambriento, con arena en los bolsillos; como cientos al año, enfebrecidos por un oro que se hace el difícil. He presenciado muchas desgracias: hombres prematuramente envejecidos en cuyas miradas se ha cuajado la expectativa.

El agua bulle en la pava. Sospecho que mi bullente vida se evapora, humedeciendo las comisuras de este mundo. Café.

Muchos de los que se han empujado al límite de querer volver a sus tierras han fracasado en el intento, y en su momento me han inspirado desprecio: ¿quién le pone el anillo al hijo pródigo de un padre proxeneta? Yo no quiero para mí tales desgracias. He de defenderme alegando que soy muy distinto, ésta es mi vocación, a esto vine, y con esto me quedo; es decir, ¿acaso no soy libre ahora?

(Y sin embargo, la posibilidad de haber cometido el error de enamorarme me atormenta. Un momento… ¿error? ¡La locura de enamorarme!)

Por allá no había muchos días nublados. Aquí sólo llueve. Uno de esos días en los que caían tenedores conocí a un hombre muy sabio, míster Englander. Mi cara no debía distar de las de cientos de desalmados, prófugos de otras ciudades y de esta misma que irían a buscar consuelo para sus conciencias en el rostro de aquel señor. Me acurruqué a su lado y noté que llevaba zapatos parecidos a los míos. Le pregunté:

-¿Cree usted en Dios? –él ni siquiera pestañeó.

–No. Y sin embargo existe. Existe porque actúa sobre nosotros –metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó una botellita de coñac de la que sorbió un largo trago- Existen puertas –agregó- que se abren a otras realidades.

Yo siempre había creído que a Dios se le conferían tantas responsabilidades que por eso espiraba realidad. Le pedí que me invitara su coñac, y su cara se puso lívida de súbito. Le sonreí. Míster Englander me mostró sus dientes amarillos, me tomó del brazo y me dijo:

-Has abierto una puerta entre tú y yo.

Apenas amainó, me levanté y le dejé unas monedas.

De cierta manera una ciudad es muchas a la vez, muchos mundos, depende de por dónde se la mire y de quién la mire. Se podría afirmar, entonces, que un mundo es como Dios, o como los frutos reforzados de nuestra capacidad imaginativa: Interviene en la realidad, nos afecta, como un gato negro o las junturas de las baldosas. Pasa con todos los seres, con todos los hombres. Al poeta le habían reprochado un comentario, calificado de ofensivo, acerca de uno de nuestros tantos próceres: Una cosa es el mito, y otra es el hombre, me decía; yo admiraba al mito, él odiaba a ambos, por eso yo escribo cuentos, y él escribía poesía.

No puedo creer lo desconsiderado que he sido. El portafolio sigue intacto detrás del estante, envuelto en su forro de papel madera que se llena de polvo y humedad a lo largo de los meses. No lo había abierto por temor a la nostalgia, pero hoy que me aferro como un loco a esto que no sé qué es, el pasado no puede venir de lejos a hacerme más daño que el previsible.

Paso a otra página, y la impresión de que los fantasmas de Laura Lejía, Paco y el poeta han atravesado el umbral del papel para convertirse en huellas difusas sobre la mesa me habría asustado si no fuese el estrépito de persianas que el viento descuaja espantando las palomas en el balcón de esta buhardilla.

Ahora, además de la injuria de los zapatos, está el hambre. Tomé demasiado café, y el estómago me lo reprocha con dolorosos retorcijones. Esta mañana me desayuné la última criollita de la lata, no tengo dinero ni sé a quién visitar. Si no hubiese tomado tanto café tendría el beneficio del sueño, lo inconsecuente que uno es a veces. En ese sentido, desde que llegué, todo me ha ido mal. No he trabajado más de una semana y no puedo precisar en qué invertí mis ahorros; es posible que me los gastara en los primeros meses, cuando me enamoré…

Y ahora que pienso en eso, definitivamente todo me ha ido mal aquí. Eso me gano con tanta remembranza; cavilar demasiado acerca de la realidad conduce a eso, a las servidumbres de la tristeza.

Debería abrir el portafolio de una vez. El poeta me quería mucho, ¿qué me habría puesto adentro? Un libro, un poema escrito en una servilleta, un paquete de cigarrillos, supongo. O dinero.

Decimonónico esto de empapar los papeles mientras se escribe. Las letras se van desfigurando, se van desvaneciendo, como mi amigo el poeta detrás de mis ojos húmedos cuando la despedida.

Me levanto y me tiembla una mano. Desenvuelvo el paquete, arrugo el papel y lo arrojo a una esquina, desde donde parece susurrar.

Hay una tarjeta:

Querido Julián,

En agradecimiento por los momentos que me permitiste compartir contigo, este portafolio para salvarte la vida.


Abro el portafolio. Es como si cortara un pan.

jueves 20 de agosto de 2009

PEREGRINAJE ALEATORIO



Hacer un clic, supongamos, como si se tratara de dar el primer paso, de dar el primer beso, de desvigar la caminata, la puerca caminata. Compartir el lecho sólido de la acera con quién sabe cuántos malholientes viajeres, compartir su impúdico desaseo e irse liberando de a poco de los rituales higiénicos. Hacer un clic, que el clic sea una llave, que abra mil puertas. Ponerse los championes, ponerse los audífonos y peregrinar. Dejar que los beats empiecen a marcar el ritmo de nuestra marcha y entornar los ojos cuando los sintetizadores emulan las sirenas cibernéticas. Caminar, aunque parezca que no se tiene rumbo. Que el nuestro sea un peregrinaje aleatorio, un reconocer y reconocerse apenas que nos empuje al límite de nuestras fronteras: Conocer otros países. Hacer el amor con un desconocido, amarlo por el resto de nuestras vidas. Ea pues, señora y abogada nuestra: La marcha. ¿Que adónde vamos? ¿Que cómo vamos? No, hermano. No, hermana. Que vamos y ya.


Me estoy yendo, ¿oíste? Siempre me estoy yendo.



MURALLAS



Hay mucho que decir acerca de las murallas. Su carga ideológica, lo que ha representado a lo largo de la Historia, es decir, la muralla y el aislamiento, la muralla que se cierra en torno a la Ciudad, que decanta lo bueno, lo seguro, la "civilización" de la barbarie, de lo que no es, de la violencia, de lo feo; esta muralla también se cierra hacia afuera, porque es excluyente, tanto socialmente como emocionalmente, como imposición de estatus e imposición de la propia intimidad por encima de la libertad del otro de ser con uno, de la posibilidad de ver y su derecho de ser visto.

27 de julio de 2009

UNE EL FUEGO

¡Ahora caigo en la cuenta! Me quito los anteojos y me froto la cara enfebrecida, porque la quiero con cien años de retraso, y el cuerpo entero se me quiere derramar por ahí con hipos que cuesta echar afuera, tanto que me duelen en el pecho; porque sólo en el volumen la tengo.


Me revienta que cada vez que lo hojeo me deshojo como a propósito, suponiendo que va a venir a tocarme la espalda desnuda, desde atrás, en el tiempo. Me revienta que el contacto no sea posible. Me revienta que van a ser las tres y me estoy imponiendo los cafés en un ejercicio que resultará en lo inevitable. Que esté acá y que no esté me revienta.


Y la llamo. A-la nocturna, a-la impaciente, a-la mortuoria que vuela a través del tiempo para ser nexo imposible. Y llama, me llama; la llama, te enciende...


El fuego animal te come, te devora, me araña la cara, deshace tu cuerpo, deshace mi pelo.

Nada sabrán de nuestro ritual, ni de tus gritos, sólo el relato mudo de las cenizas, donde yacerán juntos tu cubierta y mi piel; yo hombre, vos quién sabe. Tu lomo y el mío.




lunes 13 de julio de 2009

CRÓNICAS BIZANTINAS: De la Ura: Cuento

Cada tanto repetía el ejercicio: sombrero ajado (no sabés luego para cubrirse de qué), el mismo palo, siempre, y el silbido irrepetible que ya sabemos.

Los pies menudos abriendo huellas en el camino, las huellas que otros pies sobreimprimen, ensanchándolas.

-Chéve una vez chegueraha peteî káva ha cherejarei ka’aguýre.

-Che una vez amanomi.

Nuestros hermanos mayores nos referían una y otras anécdotas imposibles, advertencias inútiles, bellas.

Papá está delante con el sombrero puesto. El palo dibuja una línea desde que salimos de casa. Ahora lo levanta, ahora cuando el sendero aparece comido por los takuapi; ahora cuando Luisa, la mayora, tiene mueca de lágrima.

El alcohol ablanda la charla y papá cree que refiriéndome sus anécdotas sexuales me acercará más. Yo soy consciente de ello, por eso le sigo la corriente, le hago preguntas, finjo interés, pero mañana en el desayuno no me va a mirar la cara y yo a no le voy a decir alguna vez te quise mucho, ya no.

-Pepyta chéve ko’ápe, âga atopárô la eíra ambopúta ko yvyra peteî yvyramátare.

Pancho llega desnudo, todo mojado con agua de arroyo, entrega un apere’a a mis hermanos, que se lo comen vivo, y Pancho se lleva a Luisa que llora aunque bien podría estar riendo.

El golpe truena sordo y es la estampida, la caballada que mutila la maleza, tan rápido que nos quedamos cortos en la carrera. Hubiésemos llevado piedras, no, no tenemos luna.

-Vos no conocés a tu papá, te sorprenderías.

-No me sorprende nada, papá.

-Una vez me acosté con una virgen.

-Eso suena interesante.

-Sí, interesante porque sos un pajero.

-Un qué…

-¿Un qué?

-Un humo hay allá lejos.

-Vamos a ver, seguro que es papá y eson.

-Jaha.

La india revuelve el caldo y nos sonríe. Los pechos más grandes del mundo y una espátula. La anciana es hermosa, pero ella me dice que es fea, que nos va a desayunar por la mañana, y la empuja a la hoguera. La india se debate en las llamas, está carbonizada y sus dos pezones son pequeños jaguares.

El resto es lo mismo, lo de siempre, la indiada con sus arcos y flechas, una laguna infranqueable y música de cumpleaños a lo lejos, siempre la misma esperanza.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Encuentro II

Está a mi lado y a mí me habría gustado besarle la oreja, pero Homero canta tan maravillosamente que –incluso yo he caído enamorado- no hay cómo hacer milagros, no hay cómo, quién soy yo para tal odisea.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Desencuentros

Yo le veo muchas caras a Asunción. Asunción es una ciudad hermosa pero dolorosa. ¿Qué tiene Asunción que no haya allá? Poetas. ¡Poetas! Los poetas duelen. Vi muchas cosas en Asunción, cosas hermosas, que nos erían para mí por mucho que las deseara. Vuelvo herido, renovado pero herido, sabía que eso pasaría, a eso vine y con eso me voy.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Conociendo a mis hermanos

Tiene once años, anoche soñó que iba a besar a Penélope Cruz, pero su mamá lo despertó antes del desastre.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Encuentro I

Se encontraron en el Museo del Barro. Llovía. El museo estaba cerrado. Las calles eran un río caudaloso e infranqueable; las salvaron saltando entre escombros. Era casi un alivio haberlo encontrado, así que el abrazo fue casi el de un desconsolado. Caminaron, buscando un lugar, para ellos, inexistente (para mí). Así que no lloraron, pero él quería haber llorado, es decir, yo.

CRÓNICAS BIZANTINAS

Guitarreada en lo de Arturo.

CRÓNICAS BIZANTINAS: El oficio de escritor

El apuro de quienes quieren referirme sus anécdotas para que las escriba; sus desahogos pensados por ellos como posibilidad redentora de la… ¿humanidad?

CRÓNICAS BIZANTINAS

Hola, ¿cómo estás? Estoy en Fernando ahora. No me hallo. Estoy en el auto de Reinaldo, en el asiento trasero, mirando la ciudad por el retrovisor. Hay un hombre, un pesacadero, que se mueve de esquina a esquina como Björk en Army of me. Me quiero ir, pero no sé adónde ir, no tengo adónde ir, es decir, sí tengo adónde ir, y hay muchos lugares adonde quiero ir, pero ndéra, soy todo indecisiones y repliegues ceremoniosos. Hay demasiados autos, no tantos, pero demasiados para mí.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Infatuaciòn, platonismos, tovatavy

Voy a caer con J****. No caigas por favor, no quiero enamorarme. Enamorable es, es cierto… pegable también a veces.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Antes del viaje

Te voy a hacer unos nudos en el corazón que no vas a poder desatar.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Entre Ticio, el Kurupi y Yo

Antes solía decir “son las hostilidades / porque las tijeras/ pretenden para mí una forma / y mis formas se resisten”, o “cómo perturba el signo que soy / a los depósitos de mi apego”. Cifras que se me hacían muertas, por añejas, acaso reviven cada día en el pecho de alguien a quien decepciono porque soy como soy. “Muchacho, tenés que hacer la mitosis”. Pero la saciedad de mis sedes es estéril en esas cuestiones, y aquí, ninguna novedad de este lado de la Historia.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Electro

Quiero hablar de él, más por lo que tengo que resolver con aquel ídolo que hoy duerme irremediablemente vencido en los hombros de mi papá que por lo que me vincula a mi viejo. Papá era un bicho temible cuando yo tenía seis años, ahora lo imagino panzón, llenándose el buche con jamón cocido, aceitunas y vino manchego, llorando en la distancia porque me ama, como un niño puede llorar al padre que lo azota.

CRÓNICAS BIZANTINAS: So(/u)ci(a)edad

No puedo evitar sentirme culpable en un lugar como éste; me llena de pánico tanta pulcritud, tanto aseo y caras bonitas, y peinados y esa ostentación ignorante que parece caracterizar a ****. Me encanta C***, pero me hace mal verlo expuesto junto al cajero automático y las cabinas telefónicas. Puedo refugiarme en la cafetería (todas se parecen demasiado como para que cualquier atisbo de exclusividad gane suficiente fuerza como para atacarme). Tomo la taza de café con ambas manos, con la punta de los dedos de ambas manos; me enfrento a ella, la aspiro y la nariz se me humedece como si me sudara; acerco la boca y sorbo con dolorosa fruición el café cargado, quemado y amargo. Sorbo, mastico la dureza virtual del café y lo ablando para tragarlo sin que se rebele. A cada sorbo, voy desapareciendo mi cabeza de avestruz en mi cuello versátil de engullidor de espadas (en mi cuello quelonio); voy sorbiéndome, tragándome, desapareciéndome, hasta terminar reducido a una oscura, a una gota negra sobre las baldosas y mis apuntes son asquerosas palomas en Asunción.

CRÓNICAS BIZANTINAS: Abuela Belma: Conjuros

Viento, viento, kavaju akangue. Viento, viento, kavaju akangue. Viento, viento, kavaju akangue.

Aju, che rajy; aju, che rajy; aju, che rajy.

CRÓNICAS DE BIZANTINAS: Sueño I

Anoche soñé con el Jeti. No sé por qué soñé con la nieve y mi cuerpo deslizándose en la nieve y el Jeti que me aguardaba allá abajo junto a un pequeño barranco; me acerqué con una sonrisa, pero la sonrisa se me borró cuando escuché su grito rocoso. Abrí los ojos, despierto, pero los gritos seguían, canto de gallo distorsionado al amanecer.

sábado 13 de junio de 2009

"Qué loco, tu batería se va a ir a la pu..."

Si se supiera que una mecha,
por combustión espontánea,
enciende una vela en mis tripas,
se diría que me hacen reír necesades.
Pero no son macanas las que promueven
el "de-oreja-a-oreja"
que desdibuja mi cara de cantor pálido,
la transfigura,
hace que figure esotro,
algo tan cercano al llanto del adolescente,
a la caballada violenta de beatniks anacrónicos,
hermanados,
poetas del orto,
algo tan próximo al cariño.

-Julius, ¿cómo se conjuga el verbo empatía?
-Con amor, viejo. Con amor...

viernes 5 de junio de 2009

Cena

En el plato blanco,
Al lado de tenedores de plástico,
Está tu sangre.

el plato blanco,
De ayer,
De anteayer,
Están tus dedos.

En el plato blanco,
A la izquierda de un vaso de plástico,
Están tus dientes.

En el plato blanco,
Vistoso,
Visible.

En el plato blanco,
Sobre manteles blancos,
Blancos de plástico,
Está tu pelo.
Está tu vello axilar,
Tus pestañas,
Tus cejas,
Tu vello facial,
Tu vello púbico,
Tu vello anal.

En el plato blanco,
Amable,
Generoso.

En el plato blanco
―a un lado hay cuchillos de acero con filos luminosos, esplendentes,
Con mangos de plástico―
Están tus ojos,
Marchitos,
Impenetrables.

En el plato blanco,
De todos,Menos tuyo.

En el plato blanco,
En la mesa ceremonial…
De plástico…,
A la vista de todos,
Está tu sexo.

En el plato blanco,
DE PLÁSTICO,
Están tus tripas,
Tus genes.

(Es que el plato blanco,
De plástico,
Es mío.)

(Es que puedo verte,
Tenerte,
Serte,
Y odiar tu conducta.)

ESCRIBIR PROSPECTOS APRESURADOS.

“Bendito es el fruto de tu vientre.”

Para volverte,
Día tras día,
Más dependiente de mí,
Más de plástico
como yo.

Desgaste

¿por qué desgastarse con estas cosas?
atravesando los vitrales sacros
tu luz como voz que protesta
tu luz como timbre de voz que quiebra vitrales sacros.
allá una potencia de fuego
allá una muerte por la vida, contra la muerte, por la muerte, o contra la vida.
acá un grito de tierra, sofocado por la tierra, para que otros no gritemos.
¿por qué se oxidan nuestras gargantas en los armarios pétreos?
por qué la idea que rezan es de palabra vacía, volátil, reiterativa,
como rosario cíclico.
ahora me pregunto:
¿serán los flamencos en bandada alborotada la respuesta?
¿serán las plumas azules en extinción reunidas?
¿será la soledad de piedra en el arenal desolado?

"Yo no creo más en eso"

Si el billete de cien mil guaraníes fuese un altar, ¿qué ícono sería el venerado? Quién sabe... ¡Terrorista!

lunes 1 de junio de 2009

WANDERLUST: Refrenamientos



Pongámoslo de esta manera: Uno no tiene la menor idea de lo que puede estar detrás del daño que le causan a uno, puede acostumbrarse a ese daño y, en determinado momento, puede llegar, incluso, a disfrutarlo; o bien, uno es consciente de que ella es perversa, un monstruo que te obliga a hacer cosas que no querrías, que no consentirías que te hicieran en otras circunstancias…; no queda otra, todo ese sufrimiento es en vistas a un bien mayor.


He aquí la tenue línea que separa al masoquista del mártir.


lunes 18 de mayo de 2009

Deleste

Toda ciudad es para mí plástica, maleable; y pongo a prueba esa maleabilidad con el sonido. El micro pasa zumbando y no hay cómo no evitar el botelleo y las ruedadas fundiéndose en un zordo zumbido vidrioso, neumaticoso, en el asfalto de toda ciudad; todas son la misma. Sea desperezándome o taladrando una pared, mi villa se abre desierta, se abre incólumemente lienzo y desierta. Y yo pues soy uno de esos bailarines sonoros que con cada movimiento levantan policromas elevándolos a la categoría de música; que da lo mismo que zumbo de colectivo o reyerta en mi villa.

No he visto muchas ciudades, y sólo he vivido en alguna, pero en todas hay mamarrachos y banderas deleznables; me ha contado Victorina que en Buenos Aires han levantado un muro para separar dos barrios, y en el último E-mail de Bob me refería la historia del saxofonista que vive en un cubo de vidrio en un centro comercial de Kansas (uno se ríe a la distancia, pero tan cerca que está de todo aquello).

Sí, como plastilina; no sé por qué, pero todas las ciudades me huelen a tango, a bossa nova, a jazz (la plastilina sería para una ciudad como el piso más alto de la maleabilidad). Es pura literatura, según he leído, son puros cuentos, pero es inevitable esa relación, y pasa el colectivo zumbando su vidriosidad y neumaticidad que yo ya otra vez tarareando el bum, bim, duba-duba, meu amor, meu chapa, y el frufrufrufururún del bandoneón, che (así, furrurrúnrrrrúnrrrrún –con muchas rr-). Sólo en Ciudad del Este (el nombre es hermoso, no le rinde reverencias a ningún milico que menos mal yace muertito ni a ningún manguruyú ni a ningún santo hegemónico: Una ciudad que se limita a llamarse por su ubicación geográfica, sin pasarse de la raya, la muy)… sólo en Ciudad del Este uno se permite no escuchar eso, y escucharlo a la vez, pero también escuchar muchas cosas más, aunque escuchar aquello o lo otro, no lo sé precisar, pero es y no es, y no importa qué sea, lo que sí es eso, nada, un lugar, y qué, sólo eso, y ya, ya está, ya está ya.

Ciudad del Este es la ciudad que se nombra por su ubicación geográfica, pero acá el tiempo es igual de irrefrenable, no se pega ni con cola, ni con saliva, ni con plastilina.

No, ella me conoció primero a mí, después yo la conocí a ella, qué yeta. Dicen que existe cierto tipo de enamoramientos que están cifrados por las circunstancias en que se conocen los enamorados; yo creo que aquel instante en el que Valeria y yo nos conocimos tenía algo de eso, algo de cierta circunstancia. En el Este, dulce, amargo, salobre, en el Este donde también aquello y lo otro, o cualquier cosa, pero en fin todo, y a la vez todo también, un zumbo de colectivo, un koreano fumando su cigarrillo con té helado, la cumbia paraguaya, el sol al mediodía frente al Monalissa, la mak’a de boca sensual, el moto-taxista, en medio de tantas cosas y una rubia rapái porno, dos silbidos que se cruzan, cuatro ojos enormemente abiertos y huecos y neumáticos, una trenza que es sonoridad polícroma y a la vez halago, y a la vez complacencia, qué sé yo, flechazo.

Lo demás es lo mismo, es lo de siempre, cualquier cosa. Basta con referir el tereré en el Parque Chino y una discusión sobre la feminidad de un travesti, chipas, bollos y empanadas (todo junto), más tereré, beso en la cabina de mando de la biblioteca municipal (ex aeropuerto), una noche en su casa, otra en la suya, nunca en la mía, para qué, menos mal. Y después de eso, coger tres veces de noche, una vez de mañana, volver a lo habitual en la ciudad –del Este-, alguna llamada, discutir sobre los remixes, sobre un disco de remixes comprado de la mesita, mal disco, excelente disco, vos no sabés nada de música, mi amor, ¿qué?, dejame trabajar, ch’amiga, prepará el tereré para las cuatro, dale, chau, chau-chau.

Harto sabido lo tenemos los hombres que…, pero de qué valen las advertencias si nuestra estupidez es más inteligente, más diestra, y va sola en bicicleta.

Reunión con la muchachada (léase los amigos de Valeria). Tema de discusión: Frida Kahlo (boff), no, la infidelidad de Diego Rivera, ¿la infidelidad de Diego Rivera específicamente o la infidelidad en general?, en general, él es la referencia nomás, ah, ya, tavýcho. Yo opino que –Valeria no sabe nada anga, pero es tan viva, cómo no atenderle cuando fuma así y mueve los carbones en el brasero- la fidelidad es una ilusión, es un invento de los hombres para asegurar su descendencia, la herencia y sostener el capitalismo, y si bien es cierto que la infidelidad masculina es menos secreta que la infidelidad femenina, menos visible, esto no quiere decir que no exista. Me puse a pensar si Valeria me había sido infiel en estas pocas semanas que llevamos juntos, pero cómo me iba a ser infiel si yo no le daba descanso a la pendeja, ni jamás luego.

Aquellos eran los tiempos de las llamadas crisis (el tiempo, inasible, insoslayablemente carrera), Valeria y yo ahorrábamos en cigarrillos, y cambiamos cervezas por vino, vino por vodka, vodka por caña, a veces sólo muy a veces, muy de vez en cuando.
Valeria, yo te voy a embarazar mba’e y vamos a tener un montón de antoñitos corriendo acá por tu casa, o si querés podemos buscar otro trabajo, o irnos a Buenos Aires, a Sao Paulo, nos metemos a trabajar de streapers en uno de esos lugares que hay por esos lados y ganamos La plata, tenemos muchos hijos, después nos arrugamos todito, con el pelo blanco, y podemos irnos a vivir, qué sé yo, hacia Villarrica mba’e, para cuando eso quién sabe ya es una metrópolis. Valeria respira como si estuviera dormida, pero ¿duerme acaso? No lo sé, tan despierta que estaba, tan tibia, y ahora helada, no tengas miedo, Valeria, yo te voy a abrazar y te voy a poner calentita para que sientas que no estás durmiendo sola, te voy a empollar, Vale, mi pollita.



Esta noche, reunión con la muchachada (esta vez invité a mi amigo Luis, ahora tendré ejército, pollita, jeje, no voy solo, voy en avión, a ver… ¿cómo iba esa?). Ciudad del Este no es una metrópolis, cómo que no es…, no tenemos metro.

Hace mal tiempo, pollita, ¿por eso tenés mala cara, porque se va a cagar nuestra reunión? Los perros sí o sí vienen, pollita. Okey. Valeria tiene las piernas tan duritas, y esa blusa le marca los pezoncitos, chiquitos, duritos; agarrar por detrás a Valeria y soplarle la nuca y sentir cómo sus nalgas se contraen y se le erizan los pelitos de la espalda, mi gatita, así me gusta más, encima de vos, para verte la cara, para ver cómo cerrás los ojos de placer, cómo te agarrás de la frazada, arañame, gatita, mi pollita, eso, así, besame, te quiero, te quiero, gatita, te amo, te amo, te amo (pero sólo mentalmente).




El tiempo, lo quiero agarrar con los dedos y enhebrarlo en las cuerdas de mi guitarra para cantar a destiempo, en sentido anti-horario, raaaaleeentiiiizaaadooo.




Reunión con la muchachada (y con Luis que trajo tequila Sauza, un vodka y cerveza para nosotros dos, gran amigo, sabe bien que hace mucho ya que no tomo, mi socio). Tema de discusión: Mathew Barney. No, propuesta rechazada, sólo Marcelina y el profesor Reinaldo han visto a Mathew Barney. Darling, Brasil está en la vanguardia, no sé cómo te explico. No hace falta Bertha, vos también estás allá lejos, te entendemos, pero te queremos, a pesar de que te entendemos, che ama.

No cambio nada del mundo por la cerveza, quienes la inventaron deberían ser santos, y ciudades deberían ser nombradas con sus nombres, construir monumentos, y demás yerba. Qué suerte que Luis se da con Valeria, se dan muy bien; a Luis le van a encantar las orquídeas del balcón. ¡No toques mis apuntes, Marcelina!, mirá que sos curiosa, ch’amiga, venía acá, vamos a cantar algo o qué, acá Reinaldo va a tocar una, dice que anda escuchando a Bob Marley, a ver si nos alegra con alguna interpretación, y ya que mencionamos al jamaiquino –¿o se dice jamaicano?-… Da igual. Bueno que toque una de Bob Marley que ahora me acuerdo que Banana de La secreta dijo que la polca y el reggae casan, dale, chera’a.

De nada sirven las advertencias, porque somos demasiado estúpidos, y aunque bien que habría rechazado alguna a priori, ahora, a posteriori, la habría estimado. Si en aquel instante en que nos cruzamos me hubiese sido dado el milagro de un ángel pasando junto a nosotros con su estridente zumbido de colectivo, si algún vehículo me hubiese cegado con los reflejos del sol en su parabrisas para salvarme de esto ahora, pero cómo salvarme de esto ahora, si esto es mucho después de haberme caído en el barro, si esto es mucho después de te amo. Si alguien pudiera advertir a Luis, si yo tuviera el coraje suficiente para entrar a la habitación y advertir a Luis de la herida que me está causando. Pero mejor no precipitarse, quizás las orquídeas, la vista de la catedral, nada de qué asombrarse. Aunque quizás Luis, Valeria, qué mierda, qué mierda, puta merda. Luis, mi socio, salí de esa pieza, salí-na, mi socio. Es inevitable, esto está mucho después de mí y es inexorable, está antes, porque es posible que ella lo estuviera planeando, o almacenando, o alimentando para que me explotara en las manos como una bomba reloj.




Toda ciudad es para mí maleable. Ejercito mi creatividad a través del sonido. Tintines, susurros, tarareos dulces, agudamente tenues, gemidos casi imperceptibles; todo eso ahora es esta ciudad y lo será todas. Ya sea micro o sea metro.





Damián Cabrera
15 de agosto de 2009

martes 12 de mayo de 2009

WANDERLUST: Extrañamientos: Ignorancia

Björk - Wanderlust (2008)

Uno puede extrudir sus demonios. Puede pasar que nos abramos en el vientre una herida con la formita de un hombrecito y pujando -no sin cierta alegría- practiquemos el exorcismo. Una vez secretado el hijo, la cosa, se pueden sentir muchas cosas -algunos podrían pasar del orgullo a la envidia-; supongamos que yo sienta asco y se me ocurra matarlo aplastándole la cabeza.

Es primordial, en estas cuestiones, establecer algunos límites -en ocasiones puede ser de vida o muerte-. Me han referido la historia de un sacerdote de origen desconocido -habría sido escandinavo por las descripciones que me ofreció el compilador del volumen-: Había venido a estas tierras con la misión de evangelizar a sus bárbaros y, víctima de su desmesurado atractivo viril y su irrepetible popularidad entre las mujeres de la aldea, decidió extirparse el género para no corromper su tan altamente evangélico propósito. Pues bien, me figuro que en ocasiones algunos límites son forzosos, como el tal.

No me bastaría argumentar dignificando mi vocación homicida: Siempre tendría la sensación de estar cometiendo suicidio, oh humano de mí. He comprobado que mi cosa ha adquirido los vicios más deleznables -ha incurrido, incluso, en el uso de cierta retórica (de tal palo tal astilla dirán los chismosos)-. Le ha dado por beber, por ser promiscuo y por dedicarse a la investigación, cuando basta mirarle la frente para comprender que carece absolutamente de vocación para esos ejercicios. Lo odio, tengo que reconocerlo. Participa de encuentros partidarios y ya integra la comisión vecinal y la comisión de padres de una escuela rural -no le conozco hijos, ¿o es que los protege de mi talón?-.

Cuando me informan que tiene el poder de la mitosis, no pude sino llorar. ¿Cómo he permitido que el tumor que me extirpé extienda su descendencia por los lugares que amo?

Soñé alguna que vez que era piloto de aviones y que la desgracia era inminente. Tiré de la palanca y salí disparado por el techo de la nave. El paracaídas se abrió y me mostró el siniestro tiñiendo de rojo ese lugar alejado de la selva. La agitación era grande y la respiración se me hacía más dificultosa, como si estuviera a punto de despertar de una pesadilla; como si yo no fuera el piloto, como si hubiese soñado que era piloto de aviones, cuando en realidad era una nave que despertaba con sus intestinos metálicos revueltos y con mi conciencia volviendo a mí, volviendo a mi cuerpo, como un piloto de aviones cuyo paracaídas ha fallado y cae desde el vacío sobre mí.


Damián Cabrera
2009

martes 28 de abril de 2009

Saludos, visitantes

Estamos ultimando detalles para la publicación de Xiru en formato libro-ite. Agradezco la buena voluntad de Maggie Torres -poetiza asuncena de cabello enrulado así-así que estudia en Colombia con los guajiros y los vallenatos y los Buendía (mi repertorio de arquetipos es limitado cuando el tema es Colombia)-, agradecerle por ayudar a publicar una parte de la novela en formato cartonero que por razones que prefiero no comentar permanece "casi" semi-inédito.

Mientras me gustaría compartir con ustedes algunos cuentos. Los cinco primeros pertenecen a la humilde colección de cuentos titulada "sh... horas de contar...", publicada en 2006 (sí, todos queremos contar, ser partícipes, ser visibles y ocultables, existir, ser). Sirven como documento, y a algunos les tengo mucho cariño, y son: Cliché, la historia de un manequí frívolo; Camiones, una suerte de elegía a la inocencia y la pasión desacertada; Surré, algo de humor en torno a la celebridad; y jeans Ajustados, uno de los cuentos que me permitió hacer muchos amigos en el Este -no en los ómnibus, una lástima-, y gracias al cual me gané una maestra.

Como bonus les entrego Umbral y Pifias y comedimientos, una perla que puse en Asunción y la otra en el Este.

Un abrazo.

Cliché

El maniquí se ve en su forma esbelta y pálida en la oscuridad del depósito polvoriento. Durante meses, es el modelo que viste las prendas de estación -Primavera, Verano, Otoño, Invierno- y es receptor de miradas envidiosas lanzadas por ojos a reventar de aturdimiento. Lo envidian por las prendas costosas ―que no se ven vestidas por los villanos― y por la figura esbelta ―siempre en poses sugestivas y extremadamente arrogantes―. Aún así, y a pesar de convicciones y superficialidades, puede decirse que se ve hermoso en las vidrieras. Sin embargo, en esta oscuridad enclaustrada, pero no absoluta, así, despojado de atavíos y de poses extravagantes, luce macabro.

Está totalmente armado, a diferencia de sus pares, cuyas extremidades yacen esparcidas ―roedores gigantes se llevaron bocados de dedos y narices de yeso―.

Nadie toca a este maniquí en estas temporadas entre temporadas. Suele encontrarse en exposición en los lugares más destacados de la tienda, con iluminación perfecta y con las bisuterías más brillantes. Pero acá, en la existencia impávida, oscura y oculta, las ratas no lo tocan por el fuerte olor a desinfectante e insecticidas que le fueron aplicados durante el año. El maniquí vive una soledad impensada.

Y quizás en unas semanas, cuando Alberto venga a limpiar el depósito, y trate de cargarlo para cambiarlo de lugar, él lo deje caer fortuitamente, o casi fortuitamente. Quizás se esparza en pedazos por el suelo mojado y lodoso, que sus pies siempre calzados con “elegancia” no pisaron, y sea tirado a la bolsa negra, mezclado con las demás basuras vulgares.


2005

Camiones

Nadie sabe de dónde vinieron. Simplemente los vimos llegar una mañana al valle, descendiendo lentamente por la estrechez de la ruta, rodeando al villorrio, con sus cargas desconocidas que cautivaron nuestros intelectos hasta el exacerbo.

¿Quiénes son? ―pregunté a papá.

El progreso ­―contestó con dubitable seguridad.

No me lo tragué. Y una indagación empezó a germinar en mi entendimiento.

Me escabullí entre la perenne serpiente motorizada, y caminando a su lado, saludé a uno de los conductores.

―¿Quiénes son? ―repetí insatisfecho con la respuesta paternal.

­ ―La globalización ―respondió.

Quedé absorto. “¿Así, en estos camionzuelos chatos?” No pude sino quedar ofendido. Y un olor bochornoso hostigaba mi olfato. ¿SOJA?

El descenso duró días. Y de madrugada, jóvenes que envejecían vertiginosamente se escapaban hacia la luminosidad escondida por las montañas. Eso me cautivó más aun.

­ ―¿Quiénes son? ­―pregunté a papá.

­ ―¡Locos! ―respondió.

Ya adolescente logré alcanzarlos. Una afluencia mínima, pero admirable.

­ ―¿Hacia dónde vamos? ―pregunté.

―Hacia las utopías.

Y nos dormimos caminando hacia detrás de las montañas, sudando multitud de sueños descalzos.



2004

Surré

Los periodistas estaban agolpados en el portón de la casa de los patrones de Rogelio Luis cuando éste salió sonriente por la puerta marrón de cedro. Enseguida se vio una oleada de flashes que por poco no ciegan a Benita María, la sirvienta de los Moreira, y a la señora Moreira, que miraba iracunda por la ventana de cartulina de la pequeña mansión.

Todo un mundo estaba atento a lo que ocurría en el caso de Rogelio Luis y los niños Moreira; tanto, que los publicistas pagaban el doble cuando sus comerciales eran pasados en el horario del noticiero, que era cuando más se comentaba el caso.

No faltaban periodistas que se postraban ante Rogelio Luis implorando que les concediera una nota, otros optaban por suicidarse para evitarse una negativa del hombre más hermoso del mundo.

—¿Cómo cree que terminará el caso?—, preguntó un periodista vestido de rosa.

—Sé que los otros quieren los puntos, pero vamos a poner todo el empeño para sacar buenos resultados y llevarnos los puntos a casa—, respondió el entrevistado con una sonrisa y un gesto dietético que dieron tapa de revista los tres días siguientes.

Otro periodista, evidentemente fuera de las líneas aceptables —o comprensibles— para los telespectadores, preguntó si consideraba necesario enjuiciar a unos padres por no comprar un producto de “high quality” a sus hijos, y si la medida tomada por él y sus abogados, no era anticonstitucional. El protagonista de los sucesos sonrió irónicamente y le respondió con otra pregunta: “Y esas cosas, a quién le importan?”.

Después de firmar algunos autógrafos y posar con la Miss Rogelio Luis para la revista Temas, con un niño —de ojos llorosos y dedo en la boca— en brazos, agradeció a sus “sponsors” y se despidió anunciando la publicación de su autobiografía, reconocida y declarada por el Ministerio de Cultura y Educación de interés cultural macro-cósmico.

Una semana después de que el Ministerio de las Buenas Costumbres declarase inmoral el uso de salir de noche, el presidente de la república le concedió la tenencia de los niños, quienes fueron enviados a Nadalandia. La niña fue escogida imagen de la bebida alcohólica oficial del Ministerio de Salud, mientras que el niño fue declarado “sex simbol” por el movimiento pedófilo con más popularidad del momento.

La historia de Rogelio Luis terminó trágica, como toda trama de suceso. Después de casarse con la pobre niña rica, decidió suicidarse arrojándose del campanario de la catedral metropolitana sobre una réplica gigante del cuadro “El grito” de Münch, mientras el coro polifónico de la Universidad del Oriente entonaba “fascinación” y tres mil niños con medias y camisetas blancas se ensuciaban bailando el “top ten” del momento en una piscina de petróleo importado de las colonias norteamericanas en Irak, para un comercial de jabón en polvo brasileño. El salto fue perfecto y ganó 10 puntos de casi todos los jurados, a excepción del árbitro venezolano, que se negó a calificarlo.

La muerte de Rogelio Luis fue llorada por diez millones de personas en el panteón de los héroes.


2005

jeans AJUSTADOS

Salió del trabajo. Se dirigió a la parada, y esperó, mirando el vacío con ojos de vidrio. Subido al ómnibus, buscó un lugar en el fondo donde nadie lo viera y donde él pudiera ver a todos. Personajes y personajes desfilaron ante él sin causarle mayor interés, hasta que se fijó en un joven con jeans ajustados y gran atractivo. Lo estudió detenidamente, y cuando vio que portaba un libro, comprendió que no era un alma ordinaria, que era un “yo como él”.

Cruzó los dedos para que se sentara a su lado o cerca de él —aunque afirmaba no creer en cábalas ni en nigromancias, por alguna razón sentía necesidad de hacerlo—. Infelizmente se sentó en uno de los primeros lugares y desde el fondo no alcanzaba a ver sino su nuca.

Miles de ideas franquearon su mente: “Hola, que tal. ¿Nos conocemos?”. No, sonaba demasiado pedestre. Pero, cómo acercársele sin ahuyentarlo. Cómo besar ese frágil cristal sin cortarse los labios. Quizá era imposible, y ésta no pasaría de otra flor que se huele sin probar el néctar.

Lloró sus frustraciones sin lágrimas ni sollozos; llanto perceptible apenas por un ceño fruncido y esa mueca en los labios. Inventó un gusto amargo en la boca para sentirse más víctima y tosió dos o tres veces para que alguien se fijara. No surtió efecto.

Mientras el bus avanzaba, cruzando los monótonos paisajes de la desordenada ciudad, se imaginaba historias; noveletas románticas, completamente quiméricas, copiadas de quién sabe qué barbaridad.

Para cuando la anciana de sombrero negro y chal subió, en sueños se desabrocharon botones y se hurgaron lugares prohibidos. La mujer avanzó lentamente, con pasos pesados, sosteniéndose con sus trémulas manos de lo que podía. El único lugar disponible era a su lado. Iba a cruzar los dedos pero..., cuando la anciana se acercó al joven de jeans ajustados y gran atractivo, éste se levantó y le cedió lugar. “Todavía existen caballeros”.

Se quedó parado en el pasillo muy cerca de él, desde donde pudo ver mejor sus atributos físicos. Como le gustaban.

Miró hacia otro lado y se encogió lo más que pudo para que el joven de jeans ajustados y gran atractivo notara el lugar vacío a su lado. Tuvo que recurrir a la tos. “¿Puedo?” Preguntó con la mirada. “Sí”, respondió con un gesto complaciente. ¡No podía ser! Se le acercó y un pequeño temblor que empezó en las piernas le hizo estremecer.

Con el movimiento del bus, se rozaban sus piernas y su perfume le sugería “sexo”. Pero eso no era todo. Inquietud se sentaba a su lado y Tentación le mordía la oreja. Sus manos querían tocar, pero se aguantaban; frotándolas pretendía quitarse las ganas. “¡Qué pensaría de mí!”. Él joven de jeans ajustados y gran atractivo se sentía igual, pero lo disimulaba mejor. Excitados ambos.

El hilo se rompió y alguna mirada de esquina se hizo directa. Musitaron alguna palabra que sonó a “hola”, que salió como un ronquido expulsado de adentro, que arañó sus gargantas. “Buen libro el tuyo”; y las palabras se sucedieron en un círculo interminable. “¿Te invito un café?” “Vamos a mi casa”. “Linda casa la tuya. ¿Me mostrás el baño?” “¡Ay, disculpame!” “No, no es nada, no me molesta” “¿Puedo?” “¡Claro!”.Y se desabrocharon botones y se hurgaron lugares prohibidos.

Antes de besarle la boca, lo miró fijamente, y vio cómo con los ojos cerrados y la boca entreabierta, se le pintaba en la cara una mueca de placer orgásmico; un sentir fuerte, muy fuerte.

Cinco minutos después, los minutos se hicieron horas y las horas tediosas eternidades. Todavía le apetecía, pero ya no era totalmente nuevo. Ya era común. ¡Cómo rendirse a lo pasado, a lo conocido!

Se despidió sin más y se fue a su casa donde, después de una ducha tibia, se acostó a dormir.

Se levantó bien temprano y comenzó su rutina con el latoso viaje de ida al trabajo.


Hastío sempiterno en la gris oficina; expresiones estancadas en los rostros pálidos. Suenan las cinco. Intentos de sonrisa, que sale torpe: pifias del alma inexperta, atrofiada.


Salió del trabajo. Se dirigió a la parada, y esperó, mirando el vacío con ojos de vidrio. Subido al ómnibus, se fijó en un joven con jeans ajustados y gran atractivo.




Minga Guazú, 2004

*Cuento incluido en la colección "sh... horas de contar...", Ciudad del Este, 2006.

Umbral

Salí con los bolsillos llenos de una arena que se fue yendo por un agujero hasta que en los bolsillos no quedaron más que mis dos manos desoladas, solitarias, viudas de dinero, desnudas de plata, sudando su sensualidad irrefrenable. Modelos a escala, semblanzas de Jólligud, nothing's gonna change my world, babe; es tarde, muy tarde, es tarde y no tengo cómo volver a casa, no sé cómo volver porque las palomas asuncenas se llevaron mi rastro de migas de pan y la bruja, mi querida bruja no descuelga el teléfono, trata de colarse por él e incorporarse frente a ese, a esa interlocutora invisible con quien supone que estoy. Está loca. Pero yo también lo estoy, el ciego insomne que transita las calles de Bizancio sin más lazarillo que la fe en que nadie muere cuando está soñando.

Pifias y comedimientos

En el patio, las hojas que llovieron de los añosos árboles crepitan haciendo un recitado nostálgico con la suela de goma de tus zapatos de mercado. También es un recreación muy personal eso de hacer música por las siestas en el zaguán de la casa donde naciste hace cincuenta y pico cuando a unas pocas cuadras el colectivo resuella extenuado con su carga humana y en la siderúrgica restallan martillos y latones que se te antojan grasientos. La sonoridad del llanto de la hija de la vecina, por sobre todo, es lo que te embarga y perturba con su chirrido particular y la simulada asfixia de mocos e hipos que a cada tanto te sobresaltan: Llora sin lágrimas, deducís.

Te agarra a veces; te sentás, y como la guitarra está en la pieza –haragán-, te hacés el no sé qué y simulás un concierto o algo por el estilo. Y la grabadora que está en la pieza también, presta, esperándote junto a tu sombrero verde y tus botas de imitación de piel de yacaré hechas con cubiertas recicladas, tus guantes estampados, para que pidas permiso a seu Darci para grabar los sonidos que hacen los obreros que se ruborizan y empiezan a trabajar con torpeza.

Te gustan pues las excentricidades. Te gusta sacar el quesito y el vino, y hablar haciendo gestos extraños para que digan “qué loco”, y mostrar tu colección de incunables, que no leíste, que tenés porque te parece “cool” tenerlos; como te pareció “cool” enamorar a una Mak’a, o como te parece “cool” decir ellos y ellas, nosotros y nosotras somos…

martes 21 de abril de 2009

Dios te mira

Siempre que estiro el pestillo y trato de estrangular el chirrido con una toallita o con el ruedo de mi piyama, los ruidos se cuelan por las hendiduras con una resonancia mortal y en mi casa se suscitan las ceremonias. No alcanza con toser o fingir rechinamientos, la audición de abuela descifra esos engaños, y entonces los murmullos viajan a través de las oquedades del machimbrado, se proyectan contra mi cara en forma de escupitajo, y hubiese sido preferible hundir el pelo bajo las sábanas y mojarse dos dedos, mis dóciles tenazas con saliva tibia, antes que dejarse vapulear por Antonio, pero ya el pestillo está corrido, por mi ventana entra el frescor de la noche, he visto a Antonio agacharse detrás de los ligustros, y el litigio entre abuela y yo está comenzado, entonces, para qué aquello y esotro; naumbre.


Correr el pestillo, deleitarse con ese sutil contraste térmico, saludar con la señal convenida con la deferencia de las señoras, parar la oreja, sobresaltarse y meterse bajo las sábanas, y fingir sueño profundo, y ronquidos y chiflidos. Abuela cierra la ventana, previa inspección de la habitación –mira debajo de mi cama y desparrama las ropas del ropero-. “Cháke che ahendupaite la rejapóva hína. Por más que ake jepe, cheképe ahechapaite la rejapóva. Así es que reñetrankilisáma chéve cháke ambojáta tata neakãranguére apillárõ rekomete algún pecado”. Siempre el entusiasmo grande en cualquier empresa y siempre las mutilaciones espurias. Cambiar a la telenovela cuando en aquel canal aquella película porque a mi abuela devota…; dejar de lavarse y cerrar la llave de la ducha porque puede que el ojo me espíe a través de algún agujero que asegura haber abierto en la pared, y que aunque yo no lo vea me aterra en la soledad del cubículo; en fin, temblar cuando cualquier placer con temor de que ella lo arruine. Una vez soñé que ella portaba un bisturí.


Llovía en el baldío y Antonio me recitó Noche oscura, hoy mi grito de guerra. El pobre ignoraría el sentido cabal de la metáfora de San Juan de la Cruz -¿o la que lo sigue ignorando soy yo?-, no creo que se sepa otro poema, no sé por qué lo sabría de memoria, pobrecito, lo cierto es que en el poema se cifra una muerte ideal para mí: Lejana de conocer el amor, más afecta a los reconocimientos del cuerpo: Y soy cabalmente, o casi-casi, una mártir -¿o se dice mística?-. Él me ama con violencia, cree que así es mejor amante, y quizás lo sea; siempre me empuja más lejos, siempre demanda más de mí, pero siempre abuela, siempre la omnipresente presta a juzgarme, y jamás llego adonde quisiera. Esa noche ideal, esa vigilia libre es hacia donde voy, y él vendrá a mi encuentro para descuajarme, pero siempre abuela, la todopoderosa.


La noche es larga, pero lo que daría para demorarla más, para ralentizar el movimiento de la luna.


Un brazo tapándome los ojos, una mano taladrando el colchón con mis dedos. Mi mano es una tarántula taladrando el colchón. La tarántula tiembla, se escabulle en el revoltijo de sábanas y sus ocho ojos pulidos y lubricados se llenan de visos lunares, a dona aranha subiu pela parede, y la araña se aferra al pestillo y lo destraba con presteza. Rígida, estrictamente inmóvil cuando entra abuela. Mba’éiko hína, Jessica?, y la tarántula cabizbaja, sumisa, tengo demasiado calor. Está muy cansada la pobre, se rasca una axila y se aleja arrastrando sus pantuflas.

Vuelvo a tenderme sobre el colchón, yo también un poco extenuada por los interminables simulacros, tan repleta de sopores, en el límite entre el abatimiento y la anulación, pero no resignada, lejos de mí.


Antonio se acercó, lo sé porque puedo sentir que los vestigios de su último cigarrillo se filtran por las paredes, por la ventana y el olor me entibia el pecho. Hago memoria del primer cigarrillo que fumé; él me enseñó a fumar: escenificación de un cuento que leí hace poco, antes de entrar a la universidad: “Abre la cajetilla atropelladamente y con un gesto me invita a fumar”. Acaso apenas nos une alguna amistad, y a él eso le apena un tanto –a mí no tanto, oh insensible de mí-. “Agitados y confundidos en el humo epicúreo, inconscientes de dónde nos encontramos”.


¿Entro yo o salís vos? No sé, me da igual. Salí sin ser notada. Antonio me aprieta contra sí por encima del gabán mientras caminamos un poco agachados a través del matorral, me palpa los senos con apuro, los aprieta torpemente. Arrodillate acá un ratito. Me agarra de los cabellos. Dale si que, un poquito nomás.


Lejos de mí la auto-lástima, ese sentimiento de los caritativos frente al espejo. He de confesar que esto es sumamente de mi agrado; o si no para qué aspirar el olor ácido del sudor de Antonio, dejarse ensuciar como él perfectamente sabe hacerlo, dejarse lastimar con cariño, para qué la serenidad cadavérica ante los espoleos de abuela, las penitencias.


Caminamos otro trecho hasta un descampado. Él me quita el gabán, lo extiende sobre el pasto húmedo y se acuesta resoplando, con sus piernas abiertas; la sacude. Heme aquí mirándolo, parada, quieta, serena, impávida.





Aos domingos, isso quando eu aínda morava em Araucana, eu custumava ir na missa do padre Azevedo. Então, um dia o vereador brigou com o padre, não lembro bem qual era o problema, e disse que o ele era meio viado e que tinha tentado estuprar um estudante que não quis revelar a identidade. Nessa Semana Santa a imagem da Virgem Maria chorou sangue.





–Ya voy a terminar, ¿y vos? ¿Llegaste?





En navidad habíamos bajado, mi abuela y yo, hasta el río, a comprar un pacú para la cena, como lo solía hacer mi abuelo. Yo misma lo aderecé y lo metí al horno. Pusimos la mesa para nosotras dos –no había invitados-, y mientras yo abría la cidra y ella tomaba su laxante, la perra –mi abuela le había puesto Princesa- se robó el pescado y lo devoró en unos instantes a grandes bocados. Entre las dos la matamos. No sé por qué recuerdo eso ahora –los muslos de Antonio son gruesos y tibios-, lo más probable es que no haya ninguna relación entre eso y esto otro. Qué porno que sos.


Pronto va a amanecer. Cuando vuelva a casa voy a estar sucia, atravesada de humedad, hediendo a mierda; un hedor pertinaz que me va a doler hasta mucho después. Abuela va a estar ahí, se habrá vaciado de lágrimas a lo largo de la noche y esta madrugada, pero no le va a temblar el párpado, la mano tiesa y la boca fruncida para juzgarme, presta para castigarme. Puedo adivinarla dormida en mi cama, puedo adivinar sus muecas desparramándose en su cara de cáñamo achicharrado, y, obvio, los mismos regaños o algún zarpazo en la cara. Voy a fingir que me importa y que estoy sumamente arrepentida. ¿Qué le voy a decir?: Quedeme y olvideme.






*Cuento incluido en la antología de cuentos "Asunción (te) mata", de Felicita Cartonera y Jakembo.

lunes 6 de abril de 2009

Los escritores pobres





No he ganado premios. Los alumnos de un colegio que leyeron mi primer libro me hicieron una placa, no creo que ningún Cervantes supere eso. No he sido incluido en ninguna antología (aún); voy a enviar un cuento valle para ver si es digno de tal honor. Escribo desde que tengo nueve años, y no me he detenido, no difícil de notar que no he lehido tanto cuanto he escrito, pero en fin, hago el esfuerzo por emparejar ambas ocupaciones. He escrito teatro, y lo he abandonado, he escrito poesía, la he abandonado, he escrito cuentos y cada vez soy más criterioso, mido más las palabras, y he escrito con el ánimo de un poeta desaforado y mentiroso una novela corta, el trabajo en el que invertí más voluntad (quise publicarla a través de una editorial del ..., pero me arrepentí; ahora quiero que la publique una polilla, y me come la ansiedad).

No tengo dinero. Junto a la de ser escritor en Minga Guazú, mi mayor pena es la de no tener dinero. Soy como un mendigo, pero un mendigo con guitarra, lo que es como una indulgencia papal en una ciudad como Minga Guazú, en el kilómetro 20 Akaray, entre villa Hijazi, Valle Hermoso y María Auxiliadora. No tengo dinero para las cervezas que tomo, ni para mis cigarrillos, para hacer llamadas de noche, para pagar el colectivo, para cenar afuera -ni adentro-, para ir a fiestas, para comprar libros, revistas, discos, para curar mis dientes y mis ojos enfermos, para subir de peso, para comprarme ropa y zapatos, para ir al doctor, para estudiar. Soy un escritor pobre, de los que dan lástima. Y habría querido que me tuvieran lástima, si la lástima alimentara.

Menos mal que no soy un EMO, que puedo salvar la pena de que me miren con ojos llorosos con una sonrisa que más parece un espasmo, o puedo tocar "Norwegian wood" si quieren, y si me dejan seguir junto a ustedes; una polquita, o una cumbia, lo que sea, pero déjenme seguir acá, no quiero volver a casa, donde los cobradores, y mamá, que siempre pide y pide.

Si quieren escribo su historia, o les escribo una canción, les cambio el nombre y ya está. Nadie va a saber que son ustedes... Bueno, bueno... sí van a saber.

Tedio III




Salvando la dificultad de construir un discurso distinto con un lenguaje Lenguaje, procedemos a construir un mapa que es un no-mapa de la incólume masa pastosa que es el tedio, ese tedio que no es lo mismo que hojear una revista desganado: Aquél de las siestas de febrero bajo el mango, pantallando la entrepierna o estableciendo una lucha con la bombilla. ¿Por qué? No hay razón para hacerlo salvo la vocación de ocuparse en algo para vencerlo, o para desfigurarlo.

Si sostenemos que es posible establecer una analogía entre el tedio éste con la forma de una mandarina silvestre debemos convenir que será aproximadamente esferoidal, con celdas internas cuyas sustancias desconexas presentan textura similar, tamaño y cantidad aproximada de núcleos. Es decir, sestear soñando que el cobrador tendrá que irse con las manos vacías equivaldría a dibujar arcoíris en una latona con aceites cítricos.

Hay quien prefiera señalar que el repertorio de frases de orden climatológico -muy común en rondas terereseras o reuniones escolares- pueda estar emparentado con una ancestral tradición de mirar el cielo y atribuir poderes indiscutibles a los fenómenos astrológicos; no recomiendo relacionar el vicio de leer horóscopos con cierta costumbre de ponerse lentes de sol en señal de falta de vocación de responsabilidad.

Obviamente el tedio tiene textura, consistencia y palpabilidad -al menos eso creo ahora que es noche y hasta los grillos han muerto envenenados con sipermetrina, destinada originalmente para el aedes aegyptis-. Mi abuelo me sugiere, sin embargo, que mi proyecto es un despropósito; ha querido señalarme que el tedio tiene forma de tolvanera al mediodía: a pesar de inasible es sumamente inoportuno y tiene el color más insoportable, el de la tierra que vemos todos los días; la tierra que pisamos y sobre la cual derramamos nuestros orines para embadurnarnos con ella los miércoles de noche, borrachos de caña y soledad cuando no hay más que hacer porque es la costumbre, che ra'y, ani repenáti upévare.

Güena noshe, niños.

XIRU: Tedio II



La gran motopala transportó la tierra necesaria para nivelar el surco, clavando su cuchara en las partes más elevadas, desapareciéndolas para reaparecerlas en el lecho seco. La rascadora pasó varias veces con sus afiladas cuchillas sobre el regato enterrado; después fue el turno de martillos y niveladoras.





Entonces, hubo que buscar ornamentos para la desmirriada flor. El peso del calor, el insoportable peso del cuerpo húmedo de sudor. La piel salobre de César resaltaba los visos de los pelillos de sus piernas sobre las que Miguel tenía fijos los ojos.

―Si por lo menos había algo para hacer…

El destartalado ventilador les aturdía con sus chirridos. César estaba cayéndose de sueño, aburridísimo y Miguel barajaba los naipes. Le frotó una pierna.

-Mirá un poco, estás todo sudado.

-Y ese tu ventilador lo que no anda.

―Si por lo menos había algo para hacer…

(Sí, la piel salobre…) Porque qué del partidito sobre el empedrado, ni qué palo cruzado. Ni baldíos. Todo amurallado.

―Si por lo menos había algo para hacer…

Al atardecer solían sentarse a la vera de la calle a lanzar sus primeros piropos a las chicas que pasaban, y cuando caía la noche jugaban a las escondidas entre los latones de basura y los ligustros, en la calle. Se sentaban a tomar tereré bajo la luna y las estrellas opacadas, narrando casos[1] que también se iban apagando, poco a poco.

A veces se metían a algún remanente de monte, para fumar a escondidas sus primeros cigarrillos; pero pronto los humos encontraron aquiescencia en el deambular callejero. La noche, su casa segura, su pido, su tambo…

-Algún día te voy a llevar al depósito para mostrarte el nicho de Antonio.

-¿Enserio?

-Sí.

-Qué calidad.





(Si por lo menos había otra cosa…)









[1] Caso: Relato oral.

domingo 5 de abril de 2009

WANDERLUST. Extrañamientos: Tedio I




Por más que chupo no sale. En mis labios tengo la impresión de que la bombilla ha dejado sus huellas; limpio mi lengua con los labios de lo que supongo es yerba y vuelvo a arrugar la cara, entonces la bombilla no es más que una prolongación de mi congestionada, arrugada y estirada cara como un embudo, derramándose en la guampa de cuerno de vaca que sostengo con ambas manos, como si me dedicara a la ejecución de un instrumento primitivo, como si estuviera rezando. Pongo tal empeño, tal ahínco en la succión que siento indicios de crispación en el maxilar, y miro a papá, busco en su cara algún consuelo o alguna excusa para hablarnos, pero él permanece incólume a mis desconsuelos succionales; creo que se ha resignado al hecho de que esta bombilla ya no sirve, que está herrumbrada y desecha por el tiempo, como él, como su cuerpo, como todo a nuestro alrededor; como nosotros que ni nos miramos, que si nos hablamos lo hacemos como frente a un espejo, a nosotros mismos, observamos que el viento, que el calor, y nada…; hoy el polvo lo abraza todo, nos envuelve y acuna con arrullos de paloma vieja; y papá, meciéndose en el sillón de cables no es otra cosa que un hombre de piedra, un espantapájaros junto al que estoy sentado para fingir que no me siento tan solo.

El hielo se derrite tediosamente en la jarra de aluminio con tantos parches; la bolsita de hielo celeste es una galopera acuática extenuada que se deshace lánguidamente. Por más que muevo la yerba la bombilla no me cede frescura alguna, y el agua se va volviendo espumosa en la guampa, como si se impacientara y se inquietara también; pero quien se queja es el desvencijado taburete que me reprocha haciendo rechinar sus clavos añejos que retumban en mi espinazo adolorido. Se me antoja que los huesos de las muñecas cansadas de mi viejo también chirrían, pero él no se queja como yo. Golpeo tres veces la bombilla en la palma de la mano y soplo, pero nada, todos los orificios están taponados y de pronto me cuesta respirar; el calor es sofocante, mucho más a esta hora de la siesta cuando el sol se topa de cara conmigo a través de las ramas del viejo naranjo, entonces parecería más apropiado acercarse al mango pero no tengo ganas de salvar esa distancia ahora, que si bien es efímera, se me antoja infranqueable; quizás porque me iría solo; a papá le gusta acá.

No es sueño, es cansancio, esa enfermedad… Esa añoranza. Golpeo tres veces más y miro a través del pico: dos, tres, más patas asoman del pico. Tomo al insecto de una pata y sé que gime, sé que llora, pero yo no lo oigo, mi oído está atento a otros murmullos: los míos: estiro mi brazo para bostezar y salgo volando por los aires para caer de espaldas en el charco tornasolado por las cáscaras de mandarinas, y un silbido de viento en mi pelo.

Así es, ahora soy eso, un insecto. Damián Samsa jugando al náufrago en el agua servida, asediado por los ñetî junto a cadáveres de hormigas exploradoras, Damián Samsa en el este río miserable, arrastrado por una corriente insalvable y aterradora; un hormiga me hace señas desde una hoja verde, pero antes de que pueda gritarle ¡aydame! Un remolino la traga viva salpicando agua por todas partes como si fuera sangre, esto promueve el desconcierto de los demás náufragos, entre ellos una perdida cola de amberé que pasó eléctrica junto a mí y hasta creo que quiso agarrarme de una pata. Y se acerca mi destino y muero ahogado rumbo a quién sabe qué arroyos para viajar para siempre o para terminar desintegrado por ahí, comido por un pez o por una rana que será comida por una víbora que terminará convertida en cinto para los de gusto exótico. Como papá. Cuántas veces ligué con su cinto de piel de jarará.

sábado 7 de marzo de 2009

Textos adolescentes





Éstos son algunos experimentos que realicé en mi adolescencia y primera juventud. ¿Qué hay por detrás? El mismo poeta desaforado, pero también ideales ideológicos y pasiones desabridas.


A.D.C.R.





1

Ella: “¡Qué te pasa!”. Gesticulando exasperadamente, su mamá: “¿Y Pedro?”. “No estoy ni ahí con él”. “¡Yo no le di permiso para que salga!”. “No me interesa, dejame en paz, por mí que se muera”. “No digas así por tu hermano”. “Yo digo lo que me da la gana”.

Escucha su música de guitarras y alaridos improbables. No escucha nada más.

Pedro, conociendo el sudor que el goce produce: conociéndola. “¿Tenés preservativo?”. “¡Kóre, no tengo!”.

Rozarse es más imperioso. Intercambio de caricias, de besos, de flujos. Roces opresivos. Travesía de virus. “¡!”






2

En Ciudad del Este, lluvia. “Tan bien estábamos, días atrás nomás. Ahora si que ni me llama”, pensás.

Angustia en el pañuelo. Pañuelo en Ciudad del Este, en el siglo XXI, para llorar maguas de un amor irregular. El techo de la parada, cobijo de tu aislamiento.

“Muy romántico, tu pañuelo”: Es él. “¿Qué hacés acá?”. “Me dijeron que acá estabas”. “No quiero hablar contigo”. “Por qué piko?”. (Querés, pero creés que si te hacés inaccesible, te va a requerir).

Sentado a tu lado. “¿Por qué le estoy tocando la mano?”, pensás. Te gusta. Se miran. Se ríen. “Jajajajjaja”. Pensás.



3

Prefiere lo melódico en la guitarra. “Yo escucho power metal”. Prefiere lo esotérico a lo incomprensible de aquellos clamores, de aquellos ronquidos estrepitosos. “Yo escucho power metal”. Lo llama evolución, progreso. Sin embargo, aquel dice que éstas son tonadas de setecientos años atrás.

“Yo escucho dead metal”. “Yo soy anarco”. Pero el otro dice que se ajusta a unos moldes. “Esto es tan cliché como aquello”. La multitud poguea. Signos corniformes en manos en alto. “Somos originales. No escuchamos lo que la masa”. Los más hablan de dogmatismo. Hablan de pancartas nihilistas de humo, fútiles.

“Punk”. “Yo también. Punk”. “¡Abajo el sistema!”. Y una se ríe porque éstos fuman cigarros multinacionales. “Abajo el sistema”, pero la municipalidad auspició este concierto.

Éste piensa que no todo es esto o aquello, que todo es lo mismo, sin embargo. “Pero qué, si este escucha música romántica”.

“Música tropical”. Un ritmo constante, reiterativo, opina uno; melodías de siempre, consabidas, aquél. “Yo soy cachaquero”. No interpreta la música, como muchos de aquellos. No le gusta el metal. A veces escucha otro rock. A veces baila música tecno. Una vez se fue a un concierto y se fumó un porro con los otros.






4

Un bostezo, una pasta macilenta, se mueve por la universidad.

Arriba, dinosaurios que pretenden apaciguarnos con sus rugidos metálicos.

Abajo, una multitud obediente, que no piensa más allá del exitismo inmediatista. Chicas que no conocen otro futuro más glorioso que el de los trajecitos de cachemir, el de los pelos teñidos de matices blondos, que el de “un lenguaje y unos modos elegantes, que un estudiante de Letras debe poseer”.

Al margen, unos cuantos, sujetos al borde del abismo, agarrándose de lo que pueden, para no caer. De ellos penden sogas, de las cuales algunos se sujetan y esperan que los carguen. (Otros los estiran testarudamente para que caigan). Ellos aborrecen la elegancia. Preguntan por sexo y por otros placeres, sin pudores religiosos o moralistas. “La religión como falsificación de la fe”, la tesis de uno; “Teología del sometimiento político”, la del otro.

Y unas señoras pintarrajeadas como payasas, parpadeando groseramente, gesticulando como locas, inventan antítesis ridículas, pero que los viejos dinosaurios cómplices aplauden, y que los alumnos también aplauden. Sin embargo, unos cuantos fingen aplaudir o se quedan de brazos cruzados; fingen estar apuntando alguna cosa pero escriben: “qué ridícula esta vieja que enseña sociología en paraguay con un modelo sociológico estadounidense; que dice que tenemos que lograr un status determinado o que tenemos que vestirnos y comportarnos de tal manera”. Algunos estómagos asimilan la información. Otros, se contuercen para contener el vómito. “Esto no es enseñanza, es enseñaje”.

“¡Callate, pues, carajo!”. Por fin se animó uno. Unas caras se ensombrecen. Dos lo reprenden. El resto aplaude, pero finge no hacer nada.



5

(Él) aplaude en el portón. Fuma su cigarrillo y palpa en el bolsillo del jeans un preservativo. Tiene una resolución tan irrebatible que ningún revés podría impedir su proyecto lascivo. (Ella) ansiosa de su llegada, practica la sorpresa que va a fingir, que a él le gusta, que a él le estimula, aun consciente de la farsa. Cruza el jardín (pasto cavajú raso, un caminero de ladrillos revocado; libustros japoneses y dos raquíticos ficus), mirando sigilosa para ver que no la ven. “Entrá rápido”. “Dale”. Le roza la mano, de propósito, con la pierna. (Ella) le toca la ancha espalda, cuando él entra a la casa. Llavea la puerta.

Sentados, no se hablan casi. (Él) saborea sus piernas desnudas y la despoja del chorcito, sólo mirándola. (Ella) finge no mirarlo, pero presiente el bulto voluptuoso bajo el jeans. “Vamos a mi pieza”. Aun temerosa de que no tome la iniciativa, enciende la luz. Antes de que ella se vuelva hacia él, él la apaga. Y por fin la despoja del chorcito. Y por fin sus manos saborean su miembro bajo el jeans. Y su cuerpo sudoroso yace exhausto sobre ella. Y ella le acaricia el pecho, enrollando sus vellos en sus dedos.

(Él) camina por la calle en dirección a su casa, o a algún bar en el camino. Se palpa los bolsillos buscando sus cigarrillos, y sus dedos reconocen un paquetito, con un anillo de látex adentro.



6

Vació el pabilo hasta del último aserrín de tabaco. Nuestros ojos brillaron cuando nos mostró la bolsita negra. Desmigajó la hierba comprimida y sonreímos para no llorar de pánico. Fue metiéndola de a poquito en el pabilo vacío. Mientras, nos hablaba de una rana chaqueña cuyas secreciones glandulares, al ingerirlas en infusión, hacían que todo el entorno se volviera verde fosforescente. Pedro y yo llorábamos, pero falsificábamos el llanto, mostrando los dientes, pestañeando cuando podíamos.

Así se fuma. Pedro primero, después yo. Y la decepción: inevitable. No siento nada. Me pica la garganta. Empecé a toser como energúmeno y a lagrimear…

Quince minutos después, no sabía si me sentía mal por haber tosido demasiado o por el efecto de la hierba –daba lo mismo-. Y cuando subimos al ómnibus para volver a casa, tuve la original sensación de haberme tragado una rana chaqueña.



7

A mil, la banana. Banana a mil. A mil, la banana. Banana a mil.

Siento una angustia demasiado pesada que mis tripas consumidas no soportan. El sol se filtra por los cristales del colectivo y se proyecta en mis pupilas. Cierro los ojos para que el sol no me encuentre, acaso para no ver luego.

El colectivo está lleno: algunas personas sacan hasta medio cuerpo por las ventanas para dar respiro a sus sofocadas dermis. Una señora patalea desesperada con las piernas atravesadas en la ventana del colectivo porque le van a ver la media fina rota, pero siente tanto calor que se tapa un poquito para disfrutar el fresco de afuera.

El chofer lleva unos lentes de sol ―seguramente comprados de las mesitas―, y la camisa abierta descubre el vello en su gordo y flácido torso. Un calor color de azufre, casi olor de azufre. Y la cumbia que se volvió un eco progresivo y cíclico en mi audición insensible ―como un espejismo estéreo.

Hay una señora con los brazos tan flacos como mis pulgares. Lleva un atado de ropas usadas, seguramente para revenderlas.

En el fondo cuadros muy vistosos. Casi violetas, casi verdes. ¿A qué sabrán esos tintes?

Intuyo que va a subir un nene a cantarle al cristo. “Qué puta-na al cristo, al billete katú”.

Siento una angustia demasiado pesada que mis tripas consumidas no soportan.

El chofer no reconoció los boletos estudiantiles de las dos nenas, que entre sonrisas y sonrojos pasaron por debajo del molinete. Recordé que en mis tiempos de colegio había trabajado por la obtención del boleto estudiantil. Qué les habrá pasado a mis compañeros de lucha. Qué ha pasado con las pancartas y murales que pintábamos que no las vemos repetidas en las calles. Qué dormidos están los chicos, ¿o es que todo está demasiado bien? ¿Cómo empezaba aquella canción?

A mil, la banana. Banana a mil.



8

El nene salió a pasear en su bicicleta. En el barrio hay muchos árboles. Hay un parque boscoso más adelante. Los perros y gatos y señoras con sus carritos de bebés pasean por la vereda medio desolada, medio llena de vida, a las dos de la tarde. La nena está jugando a la muñeca en el jardín. Mucha gente duerme durante la siesta. Él preguntó si ella quería explorar el bosque con él. Ella le dijo que por qué no jugaban a la casita. Él le respondió que su papá le dijo que eso era cosa de nenas. Ella, que su mamá le dice que no se junte con los nenes. Y cómo vamos a jugar a la casita entonces?, preguntó él. Pero mi mamá está durmiendo, profirió ella. Y por qué no nos vamos al parque entonces. Ella dudó. Pero él insistió como sabría hacerlo tiempo después. Ella aceptó como creía que debía hacerlo: resistiendo un poco para que fuese más divertido. Y en el parque él se subía a los árboles y le tiraba huevos de pajaritos. Ella se pichaba y le sacaba la lengua. Él se burlaba de su vestido y de sus coletas. Ella lo odiaba pero lo envidiaba a la vez. Él se divertía mucho con ella.



9

El viejo se sentó en la hamaca frente a su casa. (Mustio el rosal que, acurrucado, se perpetúa en la sombra). Se balanceó unas veces antes de empezar a cruzar los quicios de la memoria. Transfigurado, se vio jugando al trompo. (Dedos arremolinados que sonríen arco iris en la inocencia). Recordó a su madre, propiciándole unas palmadas por haberse robado las mandarinas del vecino; rió por la nariz y el lomo membrudo se agitó de regocijo. Recordó a su vieja décadas después, cargada como a una niña en una sola mano, con las manos acariciándole el mentón, como él lo hiciera con ella cuando lo cargaba en el dedo índice. (Árboles desfigurados bailando las melodías con sus tarugas raíces). Su viejo se ve borroso acercándose al rancho con su hacha. Una vez le había llevado a cazar palomas y le dio un túke por trampero inepto. Una vez recordó que no recordaba a su padre sino con el rostro de su padrastro afectuoso. (Transfusión de espuma ancestral por la boca de los gemelos nonatos).



10

El cinco de diciembre doce pedales giraban en pesadas revoluciones hacia Caacupé. Seis bicicletas eran conducidas por seis ciclistas aficionados. El cinco de diciembre Miguel y Fernandito lloraron hasta secar sus cuerpos por la negación del permiso. Miguel y Fernandito tenían siete y cinco años respectivamente.

Cerca del ocho de diciembre miles de almas peregrinan para pagar promesas a la Virgencita de los Milagros. Miles de pies ulcerados por los championes y las zapatillas, por el asfalto incandescente, por el peso de los cuerpos. Pablito murió de sed en una peregrinación primitiva con su madre. Pablito es santo, proclama la romería.

Miguel y Fernandito confabulaban. Miguel y Fernandito resolvían: Fernandito iría en el cañito. Las ruedas giraban en pesadas revoluciones.

La mamá dormía un medio sueño de preocupación por el hijo mayor que tampoco tenía permiso, pero cómo contenerlo. Dormía de rabia para no pegar a Miguel y Fernandito por querer imitarlo. Ellos se habían desvelado con él tantas noches en el fondo en algún asadito sabatino, habían tomado sus cervezas y habían fumado sus cigarrillos, habían jugado sus partidos de fútbol de domingo y habían chiflado a las chicas que pasaban en polleras cortas o vaqueros ajustados. Por qué no podían ir a Caacupé en bicicleta.

La indagación resonaba en sus intelectos mientras las lágrimas de inconformidad mojaban sus mejillas y el moco se escurría hasta sus labios. “Jaha katu”. Y no pensaron que podría faltarles agua o algún gorrito para protegerse del sol. Miguel llevaba puestas unas zapatillas que se abrazaban molestosamente a los pedales. Fernandito estaba tan apurado a la hora de partir que ni siquiera le preocupó que sus pies estuviesen descalzos.

“Jahupytýtama chupekuérape”. La mujer todavía dormía su medio sueño, tan pesado como estar despierta dejando que el rojo le reventara la garganta en el portón, como girar en el sentido del reloj hasta que se le rompieran los huesos de vieja.

Fue difícil identificar quién era quien, pero las zapatillas de Miguel eran negras y las de Fernandito azules. Una rueda fugitiva seguía sus revoluciones rumbo a Caacupé. El medio sueño pesado de María no la dejaba llorar.




miércoles 4 de marzo de 2009

nightly cares

martes 17 de febrero de 2009

FIEBRE DEL ESTE